SON NUESTROS

Incomodado por mis punzantes reflexiones, alguien llamó a la audición pidiendo que dejara en paz la memoria de los abuelos, masacrados durante el genocidio armenio y yo lo entendí y me abrí a su corazón.

 

A mí también me gustaría, más allá de rezar en silencio y elevar mis pensamientos por sus almas, creer que lo suyo fue una burla del destino que los convirtió en víctimas de su fe cristiana.

 

Lamentablemente, algo me lleva a pensar que de algún modo fueron autores de su triste destino. Lo fueron, quizá, porque no advirtieron a tiempo la catástrofe que se avecinaba y porque culpa de ello nos tocó, los sobrevivientes, desparramarnos a lo largo de las naciones del mundo como gitanos, sosteniendo en la memoria una identidad afiebrada y en peligro latente.

 

No quisiera ser cruel en mis apreciaciones o insinuar algún tipo de insensibilidad hacia quienes sufrieron toda clase vejámenes, violaciones y persecuciones racistas. Lo que intento, con sumo respeto, humildad y consideración, es detectar sin odio, resentimientos, ni fanatismo, las fallas y los errores si es que los hubo, que se cometieron allá y a lo lejos.

 

No me estoy dando por sabio, ni estoy justificando al asesino, mucho menos haciendo apología del crimen, simplemente pienso que es hora que comencemos a reflexionar y ponernos a analizar objetivamente; fríamente, en los pormenores de lo ocurrido y pese a todo, honrar el proceder suicida de nuestros héroes revolucionarios, padres y abuelos que perdieron la vida.

 

Se dice por ahí, que el asesino y el asesinado poseen la misma culpa y yo, siendo hijo de la sangre derramada, no podría justificar lo acontecido con nuestra Gran Familia, por más que hayamos quedado muchos de mis hermanos, desamparados en medio del camino.

 

Ya sé que duele y mucho remover las cicatrices de la memoria. Sabemos que lo nuestro no fue un accidente, el holocausto judío no fue un accidente o un capricho de un depravado, la eliminación de tantas vidas humanas no fue un descuido, no se trató de una guerra armada; fue un exterminio: ¡un exterminio! Para que desaparezca un millón y medio de armenios, un millón y medio de seres humanos que pudieron haber modificado el destino de la humanidad.

 

La desaparición de una gran parte de nuestro pueblo armenio es sin duda un lamento garrafal, tanto para nosotros, sus sobrevivientes como una catástrofe para el mundo entero. Con ello el género humano retrocedió siglos en la escala de su evolución.

 

Ellos murieron siendo armenio fieles a su fe cristiana en cuánto a nosotros, los huérfanos, nos toca sostener una cruz en la mirada hasta el resto de nuestras vidas, convencidos que con ello honramos la memoria de quienes irrigaron con su sangre el suelo de nuestra Armenia.

Cordialmente

Rupén (raymond) Berberian

Integración Armenia

[email protected]

 

www.arteraymond.com.ar

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