¿QUIÉNES SON LOS ARMENIOS? – De Jesús García Castrillo

¿Quienes son los españoles? Esta fue la pregunta que hizo el profesor de lengua española a sus alumnos el primer día de clase y del principio de su carrera en una universidad del oeste americano. Las respuestas fueron variadas: unos, que “los habitantes de un país de África”; otros, “de Asia”; los más perspicaces , que “de Europa”, y la más pintoresca, que eran los habitantes de un estado de México. Eso sí, todos sabían que se habla español en las repúblicas sudamericanas; por eso comenzaban a estudiarlo.
No nos escandalicemos: yo mismo he preguntado en España algo semejante sobre los armenios y unos me han contestado que una secta del Islam, otros, que una etnia gitana que vino de Hungría y Rumanía a España después de la guerra, y así se han sucedido los disparates. Es por lo que quiero aventurarme a responder a esta pregunta: ¿Quiénes son los armenios?
Desde la prehistoria hasta Jesucristo, Armenia se fue conformando como un pueblo compacto, que inventó la escritura y por lo tanto la historia, la historia más compleja de uno de los grupos humanos que, dadas las condiciones geográficas, desarrolló un talento prodigioso en una inmensa altiplanicie coronada en su centro por la vieja cumbre de sempiternas barbas blancas, el Ararat.
No se sabe de otro pueblo de la antigüedad que antes que el pueblo armenio haya seleccionado semillas de cereales silvestres para convertir las tierras bravas en fértiles cultivos. Así, los armenios pasaron de las cuevas a las casas durante unos milenios y de la carga en la espalda a la carreta de toscas ruedas de piedra Y cuando ya era un pueblo pionero que había despuntado por su trabajo y desarrollo de la inteligencia, después de haber descubierto el fuego, cuando había superado el paso de “homo erectus” a “homo faber” fue el primer pueblo que domesticó animales para abastecer de proteínas las despensas, sin salir a cazarlos; y a medir los movimientos de los astros en el firmamento mediante rocas horadadas como las del yacimiento de Karahundg, al sur de Yerevan. Entre los frutos que seleccionó de los bosques y cultivó en los llanos fue el albaricoque, al que los latinos, varios siglos después, llamaron “prunus de Armenia”.
Es condición del salvaje humano codiciar lo que otro ha trabajado y atesorado. Es por lo que muy pronto comenzó el pueblo armenio a ser acosado por oleadas de gentes que quisieron arrebatarle tierras cultivadas, rebaños y esposas, las mujeres más bellas del orbe. Por esta razón tuvo que defenderse y para ello caer en la ignominia de fabricar armas mortales para los enemigos, y organizarse como una tribu gigantesca que creó mitos y leyendas sobre las gestas de sus más célebres caudillos y defensores que se impusieron como reyes sucesivos de múltiples dinastías.
Entretanto, adornó las celebraciones de las batallas con creaciones musicales y danzas rítmicas. sacándole sonido a las ramas de los árboles transformadas en rudimentarios instrumentos melódicos y ritmos profundos a la percusión sobre estirados pellejos. De ahí, fue sacando el vibrar de las cuerdas de tripa hasta perfeccionar instrumentos armónicos como el Canun.
Fue el armenio un pueblo que, en ocasiones de su historia, se vio obligado a esconderse en casas subterráneas hasta que fue más efectivo construyendo los edificios sofisticados con todo el abanico de la labra de la piedra, transformando los bloques de las canteras en toda la gama de cuerpos geométricos, vieja tradición desde sus monumentos megalíticos prehistóricos hasta la construcción de puentes, viviendas, fortalezas, templos, plazas, ciudades y monasterios.
Cuando nació Roma, el pueblo armenio ya había quemado todas las etapas de un pueblo maduro y experimentado.
Suena a blasfemia -no es mi intención-, pero Jesucristo fue el causante de la decadencia y del sufrimiento. Cuando envió a sus apóstoles a predicar el Evangelio a todas las gentes, Pedro se fue a Roma, que era como la Nueva York de entonces, Tomás, el incrédulo, el de la mano en la llaga, se fue a la India, Juan a Efeso con la Virgen María, y de los dos que nos quedan noticias, Bartolomé y Tadeo sabemos que tras duras jornadas de senderos y veredas llegaron a Armenia sin saber aquella lengua de treinta y seis fonemas y escritura cuneiforme todavía.
Su poder de convicción y ejemplo de vida fue tal que convirtieron a todo un pueblo aguerrido y orgulloso de sus proezas bélicas, señor de las más inexpugnables fortificaciones, en un pueblo humilde y generoso, que perdonaría hasta las más crueles ofensas de los enemigos. ¿Fue milagroso que los hombrachones del Cáucaso aceptaran la doctrina de poner la otra mejilla?Milagroso o no, aceptaron consecuentes lo que aquellos apóstoles les habían enseñado sobre la resignación cristiana con el ejemplo de la Pasión y Muerte de Jesucristo para alcanzar la vida eterna.
Entretanto, proliferaron cenobios, eremitas y monasterios; en sus escritorios, la caligrafía del actual alfabeto armenio para llevar por escrito el Evangelio a todas las gentes, siguiendo el ejemplo de los dos primeros apóstoles, hasta el siglo VII en que la cimitarra entró devastadora haciendo huir a todo un pueblo en sucesivas oleadas. La más pérfida fue la persecución selyúcida, devastadora y asesina, que hizo desparramarse a casi todo el pueblo armenio hasta ocupar las costas del norte de África llegando a Canarias, siguiendo las rutas de otros antepasados que, por motivos bélicos y comerciales, habían hollado los caminos africanos.
En el norte de África dejó el pueblo armenio su sello en usos y costumbres que, a pesar de irse islamizando a lo largo de los siguientes siglos, dado el aislamiento en el que quedaron reducidos en pequeños grupos humanos, ha llegado en reliquias ocultas hasta nuestros días.
De ese primer holocausto armenio nadie habla porque no se conservan escritos que lo narren ni vídeos que filmaran las atrocidades sufridas por los armenios.
No quisiera cansar con referencias bibliográfico-eruditas, pero tampoco me resisto a citar un libro de la biblioteca nacional de París: “Recueil des historiens des croisades” (Documents arméniens) donde nos dice el historiador francés del siglo XIX que en la tierra de Kilikia, perteneciente un día a Armenia, todo quedó arrasado en la Edad Media y sus escritos se perdieron en este país “tantas veces destruido” por el hierro y el fuego. En mala hora se le ocurrió al ancestral pueblo armenio ser el descubridor de la fundición de rocas ferruginosas para tranformarlas no solo en rejas de arados sino en lanzas, puñales y espadas. La gran colección de escritos del Matenadaran de Yerevan son sólo un mínimo exponente de la ingente documentación perdida de la historia de Armenia.
De otras persecuciones y holocaustos contra el pueblo armenio no conservamos más que testimonios indirectos de los que se puede deducir que oleadas de armenios vinieron por las costas del norte del Mediterráneo y por los caminos de los peregrinos y cruzados hasta Europa a construir las 2000 edificaciones de piedra, iglesias, catedrales, castillos y monasterios en la expansión y auge medieval de la Iglesia de Roma. En Europa y sobre todo en lo que hoy es el sur de Francia y norte de España no había canteros especialistas ni cortadores de troncos ni carpinteros para tan ingente proeza arquitectónica. Es más, si es cierto que fueron los monjes templarios los primeros navegantes de la Europa medieval que llegaron al Caribe, ¿no cabe seguir investigando, que fueran sus íntimos colaboradores, los armenios, quienes dieron nombre a los más de 40 topónimos de Colombia, como Armenia, Cauca, Caucasia, Antioquia…etc. que ningún historiador ha sido capaz de explicar hasta el momento?
De lo que no cabe duda histórica es de que en la Edad Media, las distintas dinastías de reyes y nobles se cruzaban en matrimonios de conveniencias políticas tanto en Europa como en Asia y más en concreto entre nobles y reyes de Francia y Armenia.
De lo que tampoco cabe duda es de que el Islam Otomano cortó toda comunicación con un telón de acero infranqueable y los cristianos armenios quedaron aislados y abandonados a su suerte en lo que hoy es la actual Armenia.
¡Cuántos favores se deberían mutuamente, castellanos y armenios, para que en momentos trágicos del último rey de Armenia Levon VI fuera rescatado de las mazmorras del Islam con soldados, oro y otros obsequios al Sultán para traerlo al Palacio de los Papas de Avignon primero, y posteriormente regalarle tierras y vasallos de Madrid, Ciudad Real y Andújar, habiendo tenido en España, durante un tiempo, un rey armenio con plenos poderes monárquicos.
No quiero que pase desapercibido que hay restos lingüísticos de la lengua armenia en castellano, pero donde abundan es en la actual lengua vasca, y según yo creo, la lengua de los armenios conformó el posterior corpus lingüístico del euskara que a partir de la Edad Media se desgajó en dialectos y subdialectos. ¿Cómo no se van a encontrar semejanzas lingüísticas entre las hablas de los bereberes africanos y la lengua vasca si en las dos hay poderosos posos lingüísticos armenios?
Con estas escasas pinceladas he tratado de retratar al gran pueblo armenio, que ha sabido llevar el perdón en la frente al mismo tiempo que el orgullo, la tenacidad, la laboriosidad y la inteligencia.
Ha sabido permanecer enhiesto contra todas las inclemencias históricas, aunque la mayor parte de los testimonios escritos y artísticos todavía se encuentren entre los escombros ocultos y sin estudiarlos suficientemente, a pesar de lo cual, el tesón, constancia y orgullo del pueblo armenio ha estado latente hasta en las más adversas calamidades sufridas, y oprobios de los que ha sido objeto.
El gran pueblo armenio ha contribuido, sin duda, en silencio, a la prosperidad de los pueblos con los que se ha mimetizado a lo largo de la historia; pero sobre todo, después del último holocausto, los tres millones que habitan Armenia, han sabido conservarse incólumes sólo en los 29.000 kilómetros cuadrados de la actual Armenia porque el resto, algo más de siete millones de personas se enseñorea por todo el mundo y destaca en las más variadas artes y ciencias.

 

Dicen los sociólogos que, de no haber aceptado, con rigor cristiano, las bofetadas de los enemigos, serían hoy más de cincuenta millones los habitantes de la gran Armenia desde el Mar Negro hasta el Caspio lindando por el sur con el Mediterráneo. Pero es mejor olvidar esos preteribles para seguir siendo un pueblo de hombres fuertes y mujeres bellas y, valga el tópico histórico, para seguir contribuyendo a la hermandad y prosperidad de todos los pueblos.

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