El silencio de las campanas armenias de Madrás

Fuente: http://lacomunidad.elpais.com/

El agente indio que se encarga del próximo vuelo de la moto tiene su despacho en la Armenian Street de Chennai, la antigua Madrás, en un barrio céntrico de diseño británico llamado actualmente Georgetown.

Es una pequeña calle perpendicular a los grandiosos juzgados de la capital del estado de Tamil Nadu, un inmenso edificio rojizo de arquitectura colonial.

 

El primer número de esta callejuela es, por el contrario, una sencilla edificación blanca con un rótulo que reza: Armenian Church, 1712.

Al cruzar el portalón aparece un patio tapizado de lápidas, un campanario no muy alto y un pequeño templo blanco de sencilla factura. En su interior, una serie de bancos de madera sobre un suelo de losas bicolor y un modesto altar dedicado a la Virgen María.

Hoy, seis de enero, hay flores frescas y velas encendidas en ese altar. Las acaba de dejar el cuidador del complejo. Estoy en la Iglesia Armenia de la Santísima Virgen de Madrás. De nuevo, topo en mis viajes con una nación que todavía no he visitado a pesar de haber pasado varias veces muy cerca de ella. Y no por falta de interés, porque Armenia es un pequeño país en Asia Menor pero con inmensa influencia histórica, al menos religiosa, porque no deja de ser sorprendente que la Iglesia Ortodoxa Armenia tenga nada menos que uno de los cuatro cuartos en los que está dividida la ciudad vieja de Jerusalén. Uno es judío, el otro musulmán, el tercero es cristiano, repartido entre todas las confesiones cristianas, de entre las que la católica no es ni de lejos la más influyente, y el cuarto es completamente armenio, o sea, también cristiano.

Precisamente visitando el Santo Sepulcro de Jerusalén, custodiado por sacerdotes ortodoxos, me llamó la atención la presencia de un numeroso grupo de indios; volví a encontrar indios en la Iglesia de la Natividad en Belén, dentro de los Territorios Palestinos, y en Mádaba, Jordania, en la Iglesia de San Jorge, donde hay unos maravillosos mosaicos bizantinos; uno de ellos representa el primer mapa conocido de Oriente Medio. Atribuí entonces la presencia de cristianos en India al hecho de que en Goa se estableciera una poderosa colonia portuguesa, que perduró hasta diciembre de 1961, fecha en la que el ejército indio la conquistó por la fuerza.

Sin embargo, la realidad es que el Cristianismo se asentó en India incluso antes que en Europa y fue precisamente aquí, en Madrás, donde la tradición sitúa el epicentro del establecimiento de la nueva fe gracias a la visita que en el año 52 hiciera Santo Tomás, ese apóstol incrédulo que hubo de meter los dedos en las llagas de Cristo para convencerse de su resurrección. Santo Tomas sería asesinado en un monte cercano y su cuerpo trasladado a una playa a orillas del Golfo de Bengala. Sobre su tumba se erigió una capilla y sobre esa capilla una gran iglesia católica. De ese modo Madrás es junto a Roma y Santiago de Compostela la tercera ciudad del mundo con templo que aloja reliquias de un apóstol.

Esta especialidad y el hecho de que la iglesia cristiana dominante en India sea la católica hace que la Basílica de Santo Tomás esté siempre muy concurrida de devotos y visitantes, especialmente el 25 de diciembre. Se le atribuyen milagros como el que impidiera una completa devastación de la zona durante el tsunami del 2007 que sí arrasó playas más al sur, en la conocida como costa del Coromandel. Sin embargo, hoy, día seis de enero, día de la Natividad para los armenios, no hay nadie en la iglesia de Madrás.

Paseo por los jardines algo descuidados del templo acompañado del conserje. Dice ser también católico. “Católico romano”, precisa. Añade con algo de orgullo que él es angloindio, o sea descendiente de los británicos que colonizaron el país hasta 1947, año en que se le concedió la independencia y comenzó así el conflicto interno con Pakistán y Bangladesh.

—La mayoría de angloindios han emigrado a Australia—dice—, aquí no se puede prosperar.

—Pero si el país va como un tiro—comento—, el crecimiento económico indio es espectacular.

—No me refiero a eso, sino a la política. Los hindúes nos consideran ciudadanos de segunda fila, no somos puros. Yo no hablo hindi ni Tamil, mi idioma materno es el inglés. Los angloindios hemos sido marginados y no podemos trabajar para el gobierno ni ser funcionarios.

Asiento. He escuchado muchas veces la misma historia. Egipto, Sudán, Jordania, Siria, Israel… Conozco la canción. Siempre hay damnificados. Todas las construcciones nacionales arrojan náufragos a la playa. Cualquier revolución corta cabezas. Intento cambiar de tema. Observo una placa que conmemora la visita del Gran Patriarca en los años sesenta.

—¿Cuántos armenios viven hoy en Madrás?

—Ninguno—niega—. En Calcuta quedan menos de doscientos pero ya no hay armenios en India. Se fueron después de la independencia. No había sitio para ellos en el nuevo país.

Curioso, porque ellos estaban aquí desde muy antiguo. Desde tan antiguo como el siglo III antes de Cristo. Se dice que algunos armenios entraron en el subcontinente con Alejandro el Grande, quizá el más fabuloso viajero de la Historia. Pero la primera referencia escrita que se tiene de su presencia en India se encuentra en la fenomenal obra de Jenofonte. La Anabasis o Expedición de los diez mil es para mí la primera road movie de la Literatura y merece ser leída, recomendada y releída. Con un estilo precursor del realismo sucio, y completamente alejado del lirismo epopéyico de Homero en el que los héroes son muy héroes y los dioses muy dioses, Jenofonte narra de modo conciso, directo y sincero la retirada de un ejército de mercenarios griegos derrotados en el norte de India. Hasta su regreso a Grecia atraviesan Persia y Asia Menor. Lejos de la épica, encontramos una gran novela de viajes y un recorrido de batallas sin gloria, saqueos, motines y bisexualidad, pues al bueno de Jenofonte lo mismo le daban las churras que las merinas siempre que hubiera buen cobijo nocturno.

Lo que sí está demostrado por las crónicas locales es que setecientos años antes de la llegada de Vasco de Gama a las costas de Malabar en 1498, se había instalado otro Tomás en Kerala. Tomás el Comerciante, un mercader armenio que había llegado por tierra. Durante diez siglos, las comunidades Armenias se multiplicaron por la India y los distintos maharajás les ofrecieron privilegios mercantiles para fomentar su actividad. El considerado primer periódico escrito en armenio, allá por el 1794, fue publicado precisamente aquí, en Madrás, como informa la tumba de su editor, el reverendo Haruthium Shnavorian, enterrado en este patio que ahora mismo estoy pisando.

Por alguna razón la huida de los armenios de India me recuerda la trágica historia de este pueblo. Si no he podido visitar el país a pesar de haber pasado muy cerca en mis viajes ha sido porque tanto sus fronteras con Azerbaiján como con Turquía están cerradas. Lo de Azerbaiján obedece al conflicto de Nagorno Karabaj, región oficialmente azerí pero de mayoría étnica Armenia; sin embargo, lo de Turquía es algo más tenebroso. El primer genocidio del que se tiene noticia fue el perpetrado por el gobierno nacionalista de los Jóvenes Turcos sobre los armenios. Los Jóvenes Turcos, universitarios y cadetes progresistas, se rebelaron contra el Sultán Abdul Hamid II, rigieron los agonizantes restos del Imperio Otomano hasta el final de la Primera Guerra Mundial y se propusieron realizar muchas reformas. Reformaron algo así como millón y medio de armenios. Conocí a algunos de los descendientes de los perseguidos en Líbano, donde se fundó un pueblo, Anjar, con los refugiados del Musa Dagh, un monte en el que resistieron 40 días hasta que se terminaron los víveres y las municiones. Afortunadamente para ellos, los franceses enviaron buques de guerra a rescatarlos.

A pocos metros de la tumba del reverendo editor se encuentra el campanario, que refulge blanco y encalado bajo el furioso sol indio. Una estrecha escalerilla de madera oscura lleva hasta el piso superior. Allí descubro un grupo de campanas de recio bronce. Repaso las inscripciones. Han sido fabricadas para la Armenian Church por una casa de Londres en 1835. La Thomas Mears of London Foundation. Hace tanto tiempo que no se usan que las palomas han anidado sobre ellas. No hay Armenios en Madrás. Desde la torre diviso a través del portalón abierto el formidable bullicio, la suciedad, el calor y el color de Chennai. El Gobierno ha cambiado los nombres ingleses de las ciudades por los primitivos topónimos indios. Ya no es Bombay sino Mumbai. Tampoco existe Calcuta sino Kolkata. Conozco la canción. Todas las construcciones nacionales y todas las revoluciones comienzan con nuevos nombres y bellas palabras. El mundo es así. Pero hoy es seis de enero y las campanas de bronce de la Iglesia Armenia de Madrás tampoco tañerán esta Navidad.

Fuente: http://lacomunidad.elpais.com/miquelsilvestre/2012/1/7/el-silencio-las-campanas-armenias-madras

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