El pueblo armenio – memoria y genocidio

HISTORIADOR E INVESTIGADOR DEL IEP-FV, POR IGOR BARRENETXEA MARAÑÓN – Domingo, 26 de Febrero de 2012 – Actualizado a las 05:38h

Fuente: http://www.deia.com/

LA decisión final del Senado francés de ratificar la ley que condena a un año de cárcel a quien niegue el asesinato de la población armenia durante la Primera Guerra Mundial ha levantado fuertes ampollas en Turquía (heredera del Imperio Otomano responsable de lo ocurrido), quien no lo reconoce como tal. Aunque no es un tema baladí, a nivel humanista, la decisión del Gobierno turco de llamar a consulta a su embajador y la cancelación de todas las reuniones bilaterales de economía, política y de contenido militar con los franceses son excesivas. No es el pasado sobrevenido el que define la realidad; no es el ayer, a través de la memoria reparadora o atrofiada, según se mire, el que se impone al presente como si los hechos acaecidos acabaran de suceder hace pocos días. Aunque pudiera ser que tuvieran razón las autoridades turcas en que la ley tiene algo de oportunismo electoral -hay más de medio millón de armenios viviendo en Francia y una ley no es la que tiene que legislar en materia histórica-, la tajante afirmación del presidente turco Tayyip Erdogan de que no pisaría suelo francés de aprobarse, resulta poco razonable en un país que aspira a integrarse en Europa. Tampoco es que, como Erdogan apuntaba en unas declaraciones recientes, esta ley "marca el renacimiento de una mentalidad medieval que pisotea los valores europeos". Ni mucho menos. Pero sí es relevante tener en cuenta lo que Todorov escribiera sobre los abusos de la memoria.

El tema armenio es sumamente controvertido para los turcos. Ellos admiten que hubo terribles matanzas entre 1915 y 1917, en las que se asesinaron por lo menos a 500.000 armenios. En cambio, a nivel internacional, se estima que la cifra alcanzó casi 1,5 millones de muertos y es tildado de genocidio sin ningún género de dudas. Son matices muy distantes entre sí, pero eso no debe hacer obviar la naturaleza dramática de lo sucedido.

Desde el punto de vista político, se entiende que la ley se ha elaborado contra el negacionismo de un acontecimiento terrible y para penalizar aquellas actitudes indignas contra los derechos humanos que no pueden ser admitidas en una sociedad democrática y plural. Lo mismo sucede también con el Holocausto. Sin embargo, cabe preguntarse hasta dónde puede la ley prescribir la libertad de conciencia o bien esos matices que compone la frágil línea que distingue el asesinato en masa del genocidio propiamente dicho. ¿Cuántos actos de genocidio han de darse para que se considere un genocidio? Era lo que se podía escuchar en el filme Hotel Rwanda sobre las matanzas perpetradas por los hutus contra la población tutsi en Ruanda.

No podemos ignorar la importancia que cobra el significado de la memoria histórica en las sociedades contemporáneas actuales en relación con estos oscuros capítulos vividos durante el siglo XX. La actitud del Gobierno turco es un claro ejemplo de ello, al valorar que Francia se inmiscuye en un tema que no le concierne. ¿Qué es lo que más les indigna, que se dé por sentado que existió un genocidio del pueblo armenio o que se tomen medidas contra quienes lo nieguen?

Es cierto que pocos son los países que están libres de haber colaborado o participado, directa o indirectamente, en crímenes de lesa humanidad. Sin ir más lejos, Francia como país colonizador, seguro que tiene muchos episodios bochornosos que encarar. Sin embargo, eso no tiene por qué anular que se legisle a favor de la garantía de los fundamentos universales de los derechos humanos ni que se postulen normativas para su defensa, al contrario, con más razón debe hacerse. Pero erigir en rango de ley este aspecto del pasado lleva a un áspero y nada conveniente debate en el seno de la sociedad y entre los círculos de historiadores.

La ley puede ser un peligroso instrumento para hacer de la historia un capítulo cerrado que se dictamina desde la política (como pretendieron, pero con otros propósitos menos honestos, los totalitarismos) y no desde la ciencia histórica lo que es y no cierto (pues nunca consideramos que el relato histórico y sus enseñanzas estén del todo acabados). Tampoco podemos permitir el frivolizar sobre ciertos hechos trágicos de enorme trascendencia para la humanidad, pues la libertad alcanza a ese límite en el que no sea lesiva para la dignidad de los demás. No obstante, el que la aprobación de esta ley se haya convertido en una afrenta para los turcos suscita las dudas de hasta qué punto estos aceptan y son conscientes de lo que supuso esta barbarie. La confirmación de que los asesinatos de los armenios alcanza una categoría mayor de la que estiman tampoco es óbice para proceder a crear un conflicto internacional. Ni los turcos de hoy son los turcos de entonces, ni el hecho de que no fuera un genocidio puede soslayar la oportuna aceptación de esa culpa colectiva correspondiente. No ha de reducirse a una mera cuestión de orgullo nacional herido sino de responsabilidad histórica.

Lo grave de todo este asunto es que se valore más la repercusión que tiene la ley que el reconocimiento del pasado como una lección a aprender por todos. En vez de ayudarnos a encarar tales hechos, lo que se ha potenciado es enfatizar la discordia. Sea o no perceptiva la ley, ese es otro debate, lo que no puede ser es que Turquía lo asuma sin tener en cuenta, en modo alguno, la brutal naturaleza de la cuestión. Es como si se pusiera en duda la gravedad del hecho por una mera cuestión de catalogación moral. En verdad, no importa cómo quieran definirlo. Turquía, en vez de enfadarse y reaccionar de una manera tan furibunda, habría hecho mejor en explicar cuáles han sido sus políticas reparadoras respecto al pueblo armenio o qué cultura de tolerancia o respeto ha erigido desde entonces. Lo demás, como el tirarnos la memoria a la cabeza, solo nos distrae del entendimiento histórico que impide valorar en su justa medida, que sólo pretende ayudarnos a que tales hitos nunca vuelvan a repetirse.

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