CUENTO DEL LEON, EL GATO Y EL HOMBRE

CUENTO SUFI.

Este cuento nuevamente se refiriere a nuestro personaje de ficción el muy conocido, Mullah Nasreddin Hodja, quien es un simpático protagonista del folclore popular de los pueblos de Oriente. Se lo conoce a través de múltiples narraciones, que las naciones y pueblos que conviven en Capadocia, Persia hasta la India, le marcan cada uno su color en particular, los hay cuentos llegados de la India, cuentos a la manera de los árabes, armenios, turcos y persas, cada uno de ellos coloreados con el sabor nacional de cada etnia, que le marcan su estilo diferente. Son cuentos dedicados a la sensatez y sentido común humanos. El personal estilo desenfadado del personaje central, sus reacciones impensadas, su aguda perspicacia, el conocimiento de la naturaleza humana y las picarescas salidas de las situaciones en que se ve mezclado, a veces sin querer, mueven a la serena reflexión, pone de manifiesto su ingenio, su chispeante rapidez mental, para no caer vencido en una situación donde se pone a prueba su imaginación y perspicacia. Los cuentos y alegorías, donde se lo hace intervenir, siempre tienen una lección de vida, su filosofía esta basada en la autentica sabiduría enriquecida, por la vasta experiencia popular milenaria de los pueblos de Oriente.

Aquí particularmente el narrador, hace intervenir a dos animales que simbolizan, uno la fuerza y el otro, la astucia, pero el verdadero artífice de la narración es el Hombre, que con su inteligencia sabe vencer todas las dificultades.

En un pueblo perdido en la cadena montañosa de los montes Elbruz, muy cerca y lindando casi con la provincia de Ispahán, Persia, había un pueblo cuyo nombre se conocía como de “Cuatro Caminos”. Se lo denomina así, pues en el afluyen dos de las grande rutas que antaño eran transitadas por las caravanas que se dirigían desde el Este a Occidente o lo contrario y el otro camino, el que lo cruzaba, de Norte a Sur. Todas las regiones del vasto Imperio Persa de los Sasánidas podrían recorrerse comenzando por ese enclave o por lo contrario, las caravanas, los viajeros y sus pertenencias podían transitar hacia todas las partes del País, viniendo sea cual fuere su población. Necesariamente debían atravesar ese cruce de caminos, de allí es que había tomado su fama el gran caravasar, pues este era el lugar de descanso obligado de las caravanas para hacer la noche, luego de un reparador descanso de animales y hombres, al despuntar el alba podrían continuar su camino. Así, nada mas trasponer el viejo puente de arcos de piedra construido en otros lejanos tiempos por los ejércitos del glorioso Alp Iskender y después reformado y ampliado por los Román, se entraba al poblado, el viejo rio de aguas gélidas y transparentes, seguía fluyendo como antiguamente, como siempre.

El Mullah Nasreddin Hodja desde muy temprano, forcejeando se afanaba tratando de cargar las grandes alforjas sobre su fiel pollino en el semi derruido cobertizo que servia de albergue nocturno a los animales, cargaba la mercadería que trataría de vender ese día, en el Zoco del centro de la ciudad, esperaba no hacer demasiado ruido para no despertar a ninguna de sus dos esposas y sus hijos pequeños, que dormían en las habitaciones de arriba. Los dos hijos mayores después de saludarlo, habían partido desde muy temprano rumbo a sus respectivas ocupaciones. Una vez cargado todo, cerro las desvencijadas puertas, tomo las riendas en sus manos puestas en su espalda y caminando al lado de su jumento, lentamente canturreando una antigua canción, condujo al animal por la antigua senda que lo llevaría al centro mismo del poblado. La mañana era fresca y la caminata se hacia buena.

Esperaba vender mucho ese día, el día anterior nadie le había comentado nada, pues volvía a su casa sin haber hablado con ninguno de sus amigos, ya muy tarde y casi cerrada la noche, pero le pareció haber visto bastantes soldados a caballo y también a pie, recorriendo la ciudad, no le llamo demasiado la atención ni le dio la menor importancia, pues era costumbre de estos, acompañar siempre a los recaudadores de impuestos o a algún funcionario que se llegaba desde la Capital del reino de paso a otras remotas ciudades. No bien llego al Zoco, se aproximo a su tenderete de todos los días, ato al poste contiguo el pollino y se dispuso a presentar y exhibir la mercancía. Pero, observo mas gente de lo común, conversando animadamente y deambulando por las calles, pero no se le ocurrió ni preguntar ni tampoco darle ninguna importancia.

Comenzó a descargar todo acomodándolo según el colorido de las telas, ropajes y precios, vendía chilabas, telas multicolores y calzas, calzado hecho de badanas suaves para las damas y los niños, todo de abigarrados colores y también turbantes, gorras y algún que otro diverso género de cosas. Consideraba que en su tenderete había de todo, pero si es que algún articulo que le solicitaban no lo tenia, al otro día invariablemente lo conseguía satisfaciendo así el gusto de la clientela, no era de los que se perdían una venta ganando además del dinero, el agradecimiento de los compradores.

Ese día en particular le pareció ver mucha gente y demasiado movimiento en el Zoco, pero no le concedió mayor valor, sentándose abrió el morral que su esposa la mayor de las dos, cotidianamente le preparaba, seguramente había puesto algún alimento sobrado de la cena de la noche anterior. Comenzó a comer, era pan, aceitunas, queso de cabras, y algún embutido. Todavía era temprano para la afluencia de los compradores, así que desayunaba lentamente esperando ilusionado la venta del día. Pero, el haber trabajado hasta muy tarde la noche anterior y el ajetreo de la carga y descarga tanto de ida como de vuelta, habían hecho mella en el anciano cuerpo de Nasreddin. Después de comer y beber fresca agua de la fuente, el cansancio lentamente se transformo en modorra, apoyo su espalda en unos cojines y sin percatarse se quedo dormido.

Unos tremendos golpes que le llovían por todas partes del cuerpo, gritos atronadores proferidos desaforadamente casi dentro de sus oídos lo despertaron sobresaltado, miraba hacia todos lados sin comprender nada de lo que sucedía. Los golpes y bastonazos propinados por los policías seguían castigándolo como si fuera una granizada. Levantaba los brazos para tratar de parar los porrazos, pero era imposible. Unos soldados de recias barbas y grandes bigotes, llegaron por fin para quitárselo de manos de los policías, pero estos lo sostenían por el cuello sacudiéndolo a punto de ahogarlo, gritándole y propinándole golpes de puño, que caían sobre el, como lluvia de abril. Finalmente, tomándolo de las piernas, unos soldados lo arrastraron hasta la presencia de un oficial. Lo levantaron en vilo, trataron de que quedase de pie, pero el malherido Nasreddin no pudo sostenerse, cayó al piso casi desmayado.

El oficial ordeno a dos de sus esbirros que lo sentaran y lo sostuvieran, debía preguntar y averiguar el porque de su comportamiento antes de entregarlo al verdugo para que cumpliese con la pena capital, la cabeza del desafiante debía de rodar, esas eran las estrictas leyes que su Majestad, Dueño de las almas de todos sus súbditos, imponía en su Imperio. La Ley debía cumplirse en el instante mismo de ser inflingida. El milenario código así lo indicaba y se debía cumplir a rajatabla. No había salvación.

Cuando por fin Nasreddin pudo abrir uno de sus ojos y tomar conciencia de su situación y antes de que pudiera formular siquiera unas palabras pidiendo un esclarecimiento o un perdón, el oficial se encargo de hacerle comprender el porque de la golpiza.

-Así que tú, sucio, maldito, malnacido harapiento y perro sarnoso lleno de pulgas, te hacías el dormido, para poder mirar entrecerrando los ojos, a su Graciosa y Sublime Majestad, la Consorte real, la Estimada y Excelsa Esposa de su Dignidad el Rey de Reyes, el Shahansha de todo el Imperio, nuestro amado Shahriar, cuando todos saben que pasaríamos por el centro de este miserable, inmundo y sucio pueblucho en camino a la capital del reino, todos saben y están al corriente de que debían estar postrados si se encontraban en las calles, o encerrados en sus miserables casas cerrando las puertas y ventanas a cancel y si alguno se encontrara en las calles por casualidad y osara siquiera levantar la cabeza para tratar de mirar a la Primera Perla del Imperio, ya con eso tendría sobre su cuello inmediatamente el peso de la cimitarra del verdugo. Su cabeza rodaría y estaría expuesta sobre una pica para ejemplo de cómo cumplimos con nuestros deberes de custodios de la ley.

-Tú te has salvado por la ineptitud de estos incapaces y malditos policías que en lugar de cortarte el cuello en el acto, como eran sus órdenes, se limitaron a golpearte. Pero mis soldados y el verdugo, ahora mismo sabrán terminar el trabajo mal realizado de estos malignos y descerebrados perros hijos de perros.

El oficial ya estaba por ordenar que se ejecutara la ley capital, no cabía el perdón, levanto la mano indicando al verdugo que se acercara, cuando agitado llego corriendo un joven eunuco sirviente de las damas acompañantes de la Real Consorte, que le señaló con voz aflautada.

-Oficial, oficial, por favor te suplico, no gritéis mas, molestáis con tus alaridos los suaves y delicados oídos de su Graciosa Majestad, la Primera Dama del Imperio y también la de sus acompañantes, ella esta molesta por la tardanza y desea proseguir el viaje, me envía a decirte que sabe que eres celoso del cumplimiento de los canones reales, pero ya se ha interrumpido la marcha, por este desgraciado episodio bastante tiempo y no podemos permanecer mas en este maloliente, hediondo y sucio lugar, así que deja para otro momento la ejecución de la ley y a este desgraciado que perderá su cabeza para mas tarde, ahora rápido, por favor te lo suplico, te beso las manos y los pies, salgamos de aquí, ordena pronto la partida, no la demores mas.

El bigotudo y recio oficial ante la orden emanada por la Real Esposa de su Soberano, y siendo el responsable ante su Espléndido Señor, la Primer Cimitarra del reino, de la seguridad de la Primera Dama del Imperio, no pensó ni siquiera en desobedecer las órdenes, inmediatamente decidió la marcha y ordeno a dos de sus esbirros, que maniataran y metieran en un saco a Nasreddin, para transportarlo vivo hasta la capital, ya se encargaría allí personalmente de terminar lo que por el momento era imposible.

Metido dentro del saco, casi desmayado y rogando de mil maneras al Altísimo, por su salvación, sin comprender todavía del todo lo sucedido, Nasreddin se bamboleaba al compás del jumento que lo transportaba, los dolores de su cuerpo eran casi insoportables, pero pensaba que era mejor sentirse así, que ya no estar en este mundo. Después de muchas horas de marcha, por fin el pollino pareció detenerse, escucho ordenes, ajetreos y por fin apreció que levantaban el saco donde estaba metido y lo dejaban caer en el duro suelo, el golpe fue duro, espero pacientemente que alguien reparara en su condición y de alguna manera lo liberaran. Pero no tuvo que esperar mucho.

Arrastraron el saco sin miramiento alguno, el suelo desparejo y las piedras lo lastimaron durante todo el trayecto, escucho cerrojos que se abrian y cerraban, lo arrojaron rodando y riendo y haciendo bromas de lo que lo esperaba y lo dejaron solo. Estaba en el suelo, el saco seguía atado y el encerrado dentro. Comenzó a gritar, pidiendo que lo libraran. Pasado un tiempo, al ver que nadie acudía a sus clamores, trato de buscar la manera de salir. Después de un tiempo sus movimientos y esfuerzos por fin dieron resultado, unas costuras se rasgaron y pudiendo sacar un brazo, después de mucho esfuerzo, desanudo la boca del saco y por fin pudo liberarse. La oscuridad reinante era casi absoluta. No sabia donde se hallaba ni que era ese lugar, su dolorido cuerpo necesitaba descanso, se quedo dormido sobre la dura losa.

Se despertó sobresaltado, escucho ruido de cerrojos, un desconocido que resulto ser el carcelero se le acerco de muy mal talante. Antes de decir nada, como correctivo anticipado, le propino varios puntapiés.

-Veo perro maldito que te has librado del saco, pero eso de nada te servirá pues serás decapitado apenas terminen los cuentistas de endulzar los reales oídos de nuestro Soberano, que el Excelso de los Cielos le otorgue larga vida. Por ahora permanecerás aquí sin moverte y sin chistar siquiera. He venido a descansar pues debido al viaje de la Real Esposa de nuestro Señor, el trabajo se ha incrementado. No te quiero oír ni respirar siquiera.

El carcelero lo miraba ferozmente con el ceño fruncido, pero Nasreddin no acertaba a ver hacia donde, pues el feroz guardián tenía ambos ojos desviados.

Lo mejor para el fue bajar la vista.

Nasreddin escucho y evaluó pensativo lo que el recio carcelero le expresara sobre los cuentistas y que le dispensarían un día de gracia antes de la ejecución. Trato de cavilar en alguna idea que le salvara el cuello, pero tampoco podía importunar el descanso del guardián sin exponerse a un disgusto de este. Se preguntaba como hacer para hablarle, sin despertar su cólera. Pero no tenia otra opción, así que resueltamente se dirigió a el.

-OH poderoso y muy noble gran guardián de las cárceles de Nuestro Señor, el mas Grande de los Soberanos, por favor escúchame, serás premiado y valiosamente recompensado, con absolutamente todos los dinares de reluciente oro con que me premiara el Rey, nada deseo para mi, serán todos tuyos si me escuchas solamente un instante sin que me interrumpas, apelo para eso a tu preclara inteligencia. Yo no quiero esas riquezas con que seguramente me premiaran. Salvar mi cabeza, volver a mi hogar junto a mis esposas e hijos, ya es tocar el cielo para mí, tuya será la magnifica fortuna de resplandecientes y tintineantes monedas de oro con que me premiara el Único, el Excelso y Magnifico, cuando escuche el cuento que le relataré. La increíble, sorprendente y fantástica historia del León, el Gato y el Pastor.

Al carcelero se le habían inyectado de sangre los ojos por la cólera, la inmediata reacción era la de castigar ferozmente al prisionero, pues le había interrumpido su descanso, pero al escuchar hablar de dinares de oro y que serian suyos, se serenó y de a poco comenzó a prestar atención al cautivo.

-Que dices tu perro hijo de perros, sarnoso y sucio desgraciado, no sabes que ya estas sentenciado y no te queda ninguna alternativa ni opción de salvar la vida. — Pero dime, que es eso de los dinares de oro, vamos habla de una vez o te arrancare esa víbora que tienes por lengua, para que ya nunca más molestes a nadie con tu verborrea.

Nasreddin comprendió que los sentimientos de la codicia, la rapiña y el deseo de enriquecerse rápidamente de cualquier ser humano, y más de la baja condición humana del torpe guardián, al escuchar hablar de dinares de oro, le daban una luz de esperanza.

-Pues si, mi noble, perspicaz, inteligente, clarividente y sagaz carcelero, observo que por tu sutil y avispada mirada que comprendes que yo soy el mas grande y encumbrado de los cuentistas de toda la región desde donde me trasladaron, he sido ganador de todas los concursos a los que han acudido cuentistas, embaucadores, bribones, sufies y peregrinos de las cuatro regiones del Imperio. Me han terminado nombrando su Maestro por el don de lenguas que poseo, pues puedo relatar los cuentos en varios idiomas, que gracias al Señor de los Cielos y Dueño de las delicias del Paraíso, nuestro Creador, me otorgo el don, para que deleitara a todos, grandes y niños, personas de toda condición, desde Soberanos a indigentes, con mis historias.

-Sobre todo dile al Secretario del Gran Chambelán, antes de hablar con el, que le contare al Soberano, siempre que tu intercedas en mi favor, gracias a todas las monedas que recibirás a cambio, la famosa, increíble y asombrosa historia del León, el Gato y el Pastor. Avisa por favor al Gran Chambelán que el más famoso de los cuentistas del reino, el inefable Sufi Mullah Nasreddin Hodja, se halla en forma equivocada en prisión por una causa que no perpetró. Dile además a su Excelsa Señoría que el Mullah se compromete a contarle a nuestro Gran Rey de Reyes, la historia mas fantástica y sorprendente que haya sucedido jamás en el mundo, en el Paraíso o en el maldito universo donde conviven los yins y todos los sheitan del ultimo rincón perdido de los infiernos, donde se abrasan las almas de los disolutos.

-¿Tu estas seguro de lo que dices? Mira que si me engañas lo que te hará el verdugo no será nada comparado con la calamidad que se podría venir encima. Te despellejare y con la piel de tu cabeza cubriré tus ojos, te quebrantare uno a uno los huesos y además te empalare, tal como hacen los bárbaros allende las fronteras del oeste.

-Por favor, yo soy un hombre santo, soy un hombre de la religión, soy un Mullah, soy un estudioso del Libro, no puedes ni debes dudar de mi palabra, tú ve y dile al Gran Chambelán, todo lo que te dije antes, menciona mi nombre y ya veras el resultado.

El carcelero, pensando que quizás realmente este hombre fuera lo que decía y que podría estar diciendo la verdad, además de que la recompensa en metálico seria para el, salio del cubículo que servia de cárcel y se perdió hacia el exterior por la escalera de caracol. Pasaron horas, la ansiedad de Nasreddin hacia que no estuviera tranquilo, además no recordaba realmente el cuento del león y el gato, eran cuentos muy antiguos, pues lo había oído contar hace ya muchos años a su anciano abuelo Shabukh, pero ya algo se le ocurriría, pensaba que nunca la chispa de su inteligencia lo dejaría mal parado.

Escucho sonidos de pasos y conversaciones quedas. Reconoció la voz gruesa del carcelero pero la otra no supo definirla. Un hombre joven bien parecido, llevando turbante cónico tal como se usa en Palacio, ropaje multicolor de la mejor seda del país de los Tsin, calzado de suave badana, llevando un suave pañuelo perfumado sobre su nariz, tratando de evitar así el maloliente aire de los calabozos, luego de un titubeo, ambos se dirigieron resueltamente hacia Nasreddin.

-Bien mi Señor, aquí esta quien dice ser uno de los mas famosos cuentistas de la región, inclusive según sus palabras, del País. Yo no creo que sea así. Seguramente este maldito energúmeno, esta tratando de salvar su cuello y esa es la causa por la cual esta esta mintiendo, pero como dice ser un Mullah y tu mi Señor sabes el significado de eso, es un hombre de la devoción y un estudioso del Libro, así que a pesar de mis serias dudas, creí que era mejor comunicártelo.

El joven sin siquiera mirar a Nasreddin, desde la puerta del calabozo, que ansioso por el resultado de su pedido, no osaba dirigir la mirada al dignatario de Palacio, esperaba que la respuesta fuera positiva. Salvaría su cuello y su fama de cuentista se afirmaría convenientemente.

-Espero que sea verdad, la calidad de los cuentistas que hasta ahora han desfilado delante del Magnífico, lo único que hacen es aburrirlo, bosteza a mitad de las historias y con un ademán ordena a los eunucos que los quiten de su vista. Prepáralo convenientemente como para presentarlo ante el Siempre Espléndido y mañana a la hora media me lo traes a Palacio. Si debes frotarlo con cepillos de pelos de cabra salvaje, para quitarle estos hedores repugnantes que se adquieren entre estas paredes, hazlo. Se dio la vuelta y escoltado por dos soldados se retiró.

El carcelero abrió los cerrojos y sin decir palabra, condujo a Nasreddin a través de un pasillo, subieron unas interminables escaleras de caracol que terminaron desembocando en unos baños, unos hammam de limpidos e inmaculados mármoles blancos, el olor de los perfumes, aceites y jabones aromatizaban el ambiente, el agua caliente proyectaba volutas y vahos de vapor. Antes de entrar, el carcelero, detuvo a Nasreddin y dándole la vuelta lo miro con los ojos desviados y le hizo gestos como para que no olvidara su promesa, Nasreddin, comprendiendo se inclinó, llevo sus dos manos al pecho y asintió con la mirada. Dos fornidos bañeros lo desnudaron, le echaron baldazos de agua caliente y comenzaron a enjabonarlo y frotarlo como para quitarle la piel.

Los dolores de los golpes recibidos se acrecentaron, todo era un suplicio, pero Nasreddin calló y dejo hacer. El aseo duro casi una hora, lo tendieron sobre una mullida camilla y a base de aceites le dieron unos masajes reparadores, después lo trasladaron a la cocina, donde le sirvieron abundantes y sabrosos platos y dulces de la región. Comió, bebió el agua más clara que jamás hubiera visto y degustado, por último agradeciendo convenientemente por la atención dispensada hacia su persona, eructó varias veces en forma adecuada, demostrando así, su buena educación.

Durmió en unos aposentos del personal de servicio del Palacio, su sueño fue reparador. Antes de amanecer se despertó según su costumbre. Dos jóvenes eunucos entraron en la habitación portando ropas de seda, un turbante cónico, calzado y todo lo necesario como para presentarle ante el Rey de Reyes. Uno de ellos le dio instrucciones de cómo debia de dirigirse a su Majestad, donde debia situarse para hablar y lo mas importante, jamás mirar de frente al Único y Majestuoso, siempre su vista debia de dirigirse al suelo y únicamente debia mirar a su Real Magnificencia si este se lo pedía expresamente, cualquier movimiento brusco, seria inmediatamente mal interpretado por los guardias reales que estarian presentes, quienes no vacilarian en destrozarlo en el acto.

-Toma, mastica estos trozos de corteza de canela y clavos, hasta la hora media, para que cuando hables, tu aliento no lastime el fino olfato de nuestro Señor.

Llego la hora media, caminando con las manos en el pecho, mirando al suelo, llegaron lentamente los eunucos y Nasreddin, ante las puertas del salón rojo del trono, el Gran Chambelán haciendo de Maestro de Ceremonias, lo anunció y además mencionó el titulo de la historia a relatar. No le quedo ya nada más a Nasreddin que comenzar su alocución. Pero su buena educación y sus muchos años de lecturas y estudios, hicieron que antes de comenzar la historia, dirigiera encendidas bendiciones hacia el Rey de Reyes, su Digna Consorte y a los herederos. El Magnifico y Glorioso Shahriar, se hallaba sentado en el trono, unos cortinados de la más transparente seda roja dividían el cuentista con el Real escucha. Los recios guardias atentos, vigilaban.

Se sentó en unos cojines y mirando hacia unos ventanales por donde se filtraba la luz del sol, se inclinó y llevando la mano derecha al pecho, luego a su boca terminando en la frente pidió bendiciones al Altísimo, Loado sea siempre su Santo Nombre, saludando con inclinaciones de cabeza también a los presentes.

Luego de carraspear para aclarar su voz, tomar un sorbo de agua, comenzó a su relato.

-Bien mi Señor, Dueño de las Almas de nuestro Glorioso Pals, Hijo del Grande y sin Par Vram-Shabuh, la historia que os he de relatar trata sobre la soberbia, la astucia y la inteligencia. Cada una de estas cualidades estarán representadas algunas por animales y lógicamente la inteligencia por el hombre. Se trata del cuento del León, el Gato y el Hombre.

-El gato de esta historia, había tenido por muchos años, una vida tranquila en casa de sus ancianos amos, lo habían recogido de pequeño y lo trataban como a uno más de la familia. Pero en uno de esos nefastos días, marcados por el destino, eso que llamamos el Kismet y que cada uno tiene inscripto en su frente, un incendio destruyó hasta los cimientos el hogar donde residía. El se pudo salvar, pues su tamaño y agilidad, propias de su especie, hizo que se pudiera escabullir antes que las llamas lo alcanzaran, saltó desde una ventana del piso superior al árbol que crecía contiguo a la casa y de allí al suelo, sus amos no tuvieron esa fortuna, quedaron atrapados y perecieron.

Corrió alocadamente sin mirar atrás por el pavor y el miedo a quedar atrapado entre las llamas. Corrió sin rumbo, sus pensamientos eran los de poner la mayor distancia del lugar donde había perdido todo, sus amos y la mayor de las tragedias, la perdida de su hogar. Cansado se tumbó a tomar aliento, el agotamiento y los nervios lo habían dejado muy alterado, así que elevo los ojos al cielo y se encomendó en adelante al Excelso Señor de los Cielos, dueño de las Almas de los hombres y animales, dejo su destino en manos del Altísimo, Loado sea por siempre Su Santo Nombre, murmuró una breve oración y se quedó dormido.

El hambre lo despertó, no podía creer que su hogar ya no existiera y que no recibiría los alimentos de manos de los nobles ancianos que lo cobijaran. Se incorporó de inmediato pensando que tenia que buscarse el sustento como tantos otros de su especie, la naturaleza y los planes Divinos, habían constituido su organismo de manera tal, para que se dedicara a atrapar pequeños roedores, insectos y cualquier diminuto animal que fuera nutritivo. Caminando quedamente y totalmente alerta, se interno en el bosque. Toda clase de sonidos desconocidos llegaban hasta el, no sabia quien los producía, si eran animales, plantas o los duendes y Yins, que habitan en los bosques y se dedican a asustar a los perdidos.

Vio a unos pasos de distancia en un claro del bosque un animal, se acerco lentamente tratando de no hacer ruido alguno, el tamaño del animal era considerable, su color era uniforme y no manchado, de un color parecido al la corteza del árbol de la canela. Lo observó detenidamente y vio que en su constitución era exactamente igual que la de el, con la diferencia de la dimensión, era considerablemente mas grande y robusto, ataviado con una enorme melena que daba pavor. ¿Qué hacer? Si se movía aunque fuera lentamente, el bruto lo escucharía, conocía de sobra el agudo sentido del oído de los de su especie, aunque fueran tan grandes como ese animal, así que resueltamente saltó al medio del claro y en voz alta se dirigió al que dormía.

-Chist, eh, hola primo, ¿Cómo estas? Veo que estas descansando.

El león, pues de el se trataba, abriendo un ojo y casi sin levantar la enorme cabeza, mirándolo de costado con furia, le dijo.

-Vamos pequeño, ¿Cómo me llamas primo? ¿Desde cuando un ser insignificante y diminuto como tu puede llegar a ser primo mío? El león ya totalmente despierto e incorporado en toda su majestuosidad le dijo. ¿Para que y porque has interrumpido mi descanso? Vete antes que ceda a mis instintos y de un manotazo te siegue la vida, con tu tamaño no llenarías el vacío que tengo entre mis molares, vete, que el camino te sea propicio, que el Altísimo de los Cielos te guíe en tu sendero y que llegues feliz a tu destino.

Pero el gato insistió.

-Se nota, noble y gran distinguido Rey de los animales, que no has caído en manos del ser humano, si tú al igual que yo, hubieras estado en contacto con el hombre diariamente, hubieras llegado a tener el mismo tamaño mío.

-No, eso es imposible. ¿Qué dices?. Estas desvariando. Yo soy león, soy el Rey del bosque, el único, soy quien dicta las leyes, soy quien concede la vida, la muerte o el destierro, a quien atrapo con mis colmillos, lo destrozo, quien recibe mi zarpazo perece, mi acometida vence cualquier obstáculo, mi mirada paraliza a mis victimas, mi fuerza es sin par en el bosque, mis bramidos se escuchan a muchas montañas de distancia y todos tiemblan del pavor que producen, así pues ¿quién se atrevería conmigo y mis custodios?.

-Por un lado, tengo la entrada Norte del bosque protegida por un viejo león de mi confianza, se que esta esperando que llegue su turno, para dirigir la manada, pero para eso faltan tiempos, la entrada Sur esta custodiada por una hembra de mi especie, mas artera y violenta que yo. Además, quién dirige la justicia en mis dominios es uno que fue dueño de la manada antes y a quien vencí en leal combate, ahora viejo y cansado administra con ecuanimidad, nuestra justicia, la justicia de los mas fuertes, la de quienes somos los regentes, nosotros y yo en ultima instancia dictaminamos quien vive, quien muere y quien se debe dirigir al destierro, quienes no se inclinen ante mi o no acaten mi particular código, son mal vistos en mis dominios y deben elegir entre someterse a mis decretos y leyes, o buscar otras sendas, quien ose discutir mis directivas, tiene las puertas abiertas, para ir al ostracismo si no quiere evitar males mayores. Los demás integrantes de la manada, los jóvenes y alguno que se incorpore al clan aceptando mis condiciones, están a mi disposición según lo que les ordene hacer, asi que dime.

-¿Quién puede ser ese ser humano que me haga cambiar de opinión, y tenga que inclinarme ante el?

-No mi leal y soberbio primo, el hombre es totalmente diferente a lo que te imaginas, no tiene tu potencia ni tu fuerza, ni tu soberbia, propia del que comanda una legión, pero si tiene inteligencia.

-Es imposible, no hay en el bosque, en las montañas y alrededores quien me venza, te repito soy el León, el invencible. ¿Se parece a ese que tiene la nariz como una serpiente? A ese lo respeto por su considerable tamaño, pero tampoco le temo.

-¿Pero quien ese hombre de quien me hablas? No conozco ningún animal en la selva que se llame por ese nombre. Si es que tu lo conoces ¿Por qué no me llevas ante el? Te diré en el acto lo que le haré y como. Nunca se me vencerá con eso que llamas inteligencia, esa gracia y don que según tú, tiene el hombre, para eso que tú predicas, alcanzaran con mis zarpazos, ya sabes como son de demoledores.

Nasreddin detuvo el relato por un instante, su voz agraciada y de buen acento, el hablar lento y gesticulando teatralmente, habían atrapado a su audiencia. Se aclaro la garganta y miró a su alrededor, pero sin osar dirigir la vista hacia el cortinado. Todos los presentes se hallaban en estado de alerta escuchándolo, hasta los feroces guardias escuchaban expectantes pues lo miraban sorprendidos, esperando la continuidad de su relato. Asi que suponiendo por el silencio reinante que todos, inclusive quien se hallaba tras el cortinado atendía con atención su narración, también aguardaba.

Tomo un sorbo de agua, carraspeo y prosiguió con la historia.

Explicaba el gato.

-El hombre mi Eminencia del Bosque, no es lo que supones, pero si quieres conocerlo, lo único que tenemos que hacer es salir de la parte frondosa de tus dominios y es muy probable que lo encontremos.

-Bien entonces ¿A que esperamos? Pongámonos en camino.

Lentamente caminaron juntos departiendo sobre la vida, la muerte y el llegar a anciano para después ganarse las puertas del Paraíso, el final de la vida era conquistar y disfrutar del eterno descanso y el placer de vivir en la Luz. Siguieron caminando en busca del Hombre y dialogando amablemente.

Escucharon el fluir del agua, era un rio de aguas cristalinas. Debajo de un árbol, el Hombre. Se trataba de un pastor de apenas un metro sesenta de estatura, ataviado a la manera de los montañeses, con unas cuantas cabras y ovejas a su cuidado, con la única compañía de un perro. El son de una flauta de cañas que hacia sonar el hombre, traía dulces melodías al los sentidos de los dos caminantes. El hombre ya no era joven, pero parecía mantenerse bien.

-Mira Hermano, dijo el gato, ese que ves allí, ese es el Hombre, el hijo del Hombre.

-¿Ese es el hijo del Hombre del cual me has hablado? ¡Ja, ja ,ja ,ja. Me mueves a risa, me rio tanto que me faltan las fuerzas, se debilitan mis rodillas, míralo bien, es casi insignificante, espera, no te vayas, quédate y veras como en un momento lo despedazo.

El León observo calibrando desde lejos al Hombre, miro sus zarpas y vio que no las tenía, sus colmillos no aparecían fuera de su boca. ¿Dónde estaba y en que residía su fuerza? Así que resueltamente dispuesto a desmembrar a su contrincante de un solo golpe, se adelanto en el claro llegando hasta la orilla del rio y con voz tonante le dijo al Hombre.

-Escúchame, hijo del Hombre, escúchame bien, aguza y mueve tus orejas hacia mi, me han hablado de ti y tu nombre suena fuerte desde lejos. He venido para hacer valer mi poder y demostrar que soy invicto e invencible, así que es hora que te anuncie mi mensaje.

-Te reto a una lucha, ya sabes que es el deporte favorito y predilecto de nuestro país, apréstate, pues te acometeré y te venceré al instante, no habrá juez, pues esta será la demostración de la justicia del más fuerte. Prepárate por lo menos a ofrecer algo de resistencia, no me hagas fácil la contienda.

Diciendo esto trato de mirar al Gato, pero este había desaparecido.

El pastor ante la enorme figura del León, se llenó de espanto, el temor le hacia temblar las rodillas, el perro desapareció al instante y las cabras y ovejas se dispersaron como un relámpago, tal era el temor que causaba el Rey de los animales. Pero, el pequeño pastor no quiso demostrar su sorpresa ni su desconcierto, antes buscaba una salida airosa o por lo menos que fuera muy poco lastimado posible. Le pareció muy raro que el León antes de atacar, reducirlo y despedazarlo, le pidiese confrontar con el.

Así que busco aplicar la inteligencia para vencer al que ostentaba la fuerza.

-Bueno digamos que acepto tu desafío, pero no estoy tan seguro de luchar contigo. Por semana vienen hasta aquí, varios leones como tu a retarme a una lucha, lo único que hacen es molestarme en mi labor. Ahora después de que te vayas tendré que salir a juntar nuevamente mi pequeña hacienda. Tu sabes que para practicar nuestro deporte nacional que es la lucha, hay que vestirse convenientemente, así que cuando les digo que me esperen que iré a mi cabaña, me pondré el traje de luchador, me embadurne con el aceite de oliva todo el cuerpo, que me ponga los guantes y cuando preparado para la honorable contienda, me ven llegar desde lejos, observo con estupor que por el temor que les impongo, se han espantado y mostrándome sus colas salen corriendo, así que por lo que veo, también tu eres un León, también como ellos cuando me veas venir, también te iras sin presentarte a la lucha.

-¡No! ¡Que va! Yo no me iré, al contrario, te esperare y veremos la clase de luchador que eres. Mi triunfo en esta lucha, perdurara en la memoria del bosque por muchos años.

-Es exactamente lo mismo que me dicen todos. Tú también te escaparas al verme preparado, el cuerpo aceitado, los guantes colocados y llegar vestido de luchador.

-No, te repito que yo no me escaparé, estaré tenso y nervioso esperando que termines tus preparativos de luchador y te presentes a la contienda. Mi nobleza de Rey de los animales, no me permite faltar a mi palabra.

-Si hablar lo haces muy bien, pero. ¿Quien me garantiza que al volver y presentarme en este lugar, estarás aquí?

-Te repito que no me moveré, te esperare impaciente.

-Haremos una cosa como para que yo me asegure que estarás aquí cuando vuelva, pues no quiero perder mi tiempo lastimosamente como en anteriores ocasiones. Aquí tengo una cuerda con la cual te ataré al tronco de este viejo árbol, iré a mi cabaña, me quitare estas ropas de pastor, me vestiré como los luchadores, me llenare de aceite el cuerpo, me pondré los guantes de lucha y me presentare ante ti, te desatare y veremos quien es el vencedor.

¿Te parece bien?

-Veo que desconfías de mi nobleza, soy el Rey del bosque y por lo tanto me precio de ser honesto, pero todo sea por el desafío que hice, y la palabra que empeñé, hazlo y te esperaré al pie del árbol, tal como acordamos.

El pastor cogio la cuerda, hizo un buen nudo alrededor del cuello del León, acto seguido dio con la cuerda una vuelta al tronco, una segunda vuelta y al llegar a la tercera anudo la cuerda alrededor de la boca del León, con un nudo ciego. Ya el León estaba completamente amarrado, a punto tal que apenas podía respirar. Entre dientes le dijo al pastor.

¿Es necesario que te asegures tanto de mi estada aquí esperándote? Hijo del Hombre, afloja un poco la cuerda que apenas puedo respirar. Mírame, hasta casi no puedo hablar, me has atado la boca también, para hablar, lo tengo que hacer entre dientes, esta no es la forma leal de tratar a un contrincante.

-Mira León, te diré algo, aquí en mi tierra cuando un perro exige justicia a su amo, y pide que se lo juzgue en un tribunal, le contestamos que el juez y el tribunal de los perros, es la vara. Le damos tanto en la espalda que al fin comprende la justicia del Hombre. Tu por ser un animal de gran tamaño deberíamos contigo usar el garrote. Y acto seguido, cogiendo un garrote que tenia a mano, comenzó a asestarle al León cuantos golpes se le ocurrían y por todas las partes del cuerpo del animal.

-Toma y come por soberbio, toma y come por engreído, toma por creerte superior, toma mas por si no comiste y por pensar que solo podrías contra mi, toma por pensar que otros te salvarían y se opondrían a esta soberana justicia, toma por pensar siquiera que tu fuerza y soberbia te servirían de justicia y de algo mas y cada vez que decía toma, el golpe asestado hacia temblar al León, esperando el próximo. Toma y come, toma para mas adelante, toma y come esta, para que no lo olvides.

Así siguió castigando el hijo del Hombre, hasta que se le cansó el brazo. En el momento en que el pastor fatigado se acercó a la vera del rio para tratar de refrescarse, el León viendo que los golpes habían cesado, entre dientes grito jadeando cuanto pudo.

-Primo, primo, Gato amigo y pariente mío, por favor suéltame, te suplico, te beso las manos y los pies, me inclino ante ti, sálvame, te ruego, desátame y déjame volver a mi bosque, te juro que jamás dudare de tu palabra. No me dejes a la merced del Hijo del Hombre que me seguirá castigando sin parar.

-Apenas haya descansado volverá a por mí a terminar la faena, y lo peor que me matara y no podré entrar en el Paraíso, se me negara la entrada a los apacibles lugares, pues no realice mis últimas oraciones, estoy en falta, desanúdame para que pueda hacerlo antes de morir.

A todo esto el Gato, escondido y asustado ante el cariz que habían tomado los acontecimientos, asomando la cabeza desde detrás de unas matas le dijo al León.

-Primo León, Majestad del Bosque, todavía lo que estas recibiendo no es nada, el Hombre, hijo del Hombre te esta castigando el cuerpo, sufrirás dolores pero al cabo de un tiempo te repondrás si es que vives para contarlo, al asunto es que cuando llegues a comprender lo que es la humildad, es en ese momento, a pesar de tu tamaño, en que te habrás empequeñecido tanto como yo y es en ese instante en que el hijo del Hombre se comportara como un ser magnánimo que es y te liberara. Nuestro Creador lo hizo de acuerdo a su imagen y semejanza, por lo tanto lo único que te queda es pedirle misericordia humildemente y sin mirar por sobre tu grupa, volver al Bosque.

-La fuerza, la soberbia, la arrogancia y la astucia querido primo mío, nada tiene que hacer contra la inteligencia.

Algún día sin esperarlo, ibas a caer y este es ese dia.

-El Altísimo, Bendito sea su Santo Nombre, puso al Hombre, al hijo del Hombre como señor de la Creación. Lo dice el Libro.

-¿Quiénes somos nosotros pobres animales para dudar de la justicia establecida por el Señor de los Cielos? El destino de cada cual esta inscripto en su frente y en la nuestra esta el obedecer la justicia del Hijo del Hombre.

-No la que suponiendo que por nuestro momentáneo poderío, autoridad y fuerza, se nos ocurra y antoje.

Nasreddin Hodja, termino el relato ante los vivas y el aplauso general, observó con el rabillo del ojo que los cortinados se movían, saliendo y llegándose ante el desde donde estaba situado, el Gran Sharihar, Dueño del Imperio, se aproximó lentamente al Mullah. Este, gacha la cabeza, no osaba levantar la vista, pero el Grande entre los Grandes, con un gesto, le ordenó levantar su mirada y fijarla en el. Los guardias comenzaron un movimiento, pero el los detuvo con un ademán de su Real mano, Nasreddin en el suelo de rodillas y su cabeza rozando el suelo, no osaba todavía a pesar de la orden emanada por el Soberano, levantar la vista.

-Nasreddin, Nasreddin, mírame, ya eres casi un anciano y por eso te respeto. Nasreddin elevó la mirada y encontró los penetrantes negros ojos del Soberano fijados en los suyos. La altura y el porte solemne del Dueño del País, eran Majestuosos.

-Felizmente me has rememorado los días de mi niñez, mi abuela paterna me contaba historias parecidas, cuando era un niño, aquí en Palacio. Sabrás además, que aquí las paredes tienen oídos, ya se de tu promesa al carcelero, el, ha pagado con su cabeza sus ansias de rapiña, esperaba terminar contigo de la misma manera, pero veo que me he equivocado, has apelado a tu inteligencia para salvar tu cuello y lo has conseguido.

-Te nombro de ahora en adelante para solaz mío y de mi familia, cuentista oficial del Palacio, te ofrezco el oro que quieras, traerás a tu familia a vivir en Palacio, ya esta es tu casa, la fortuna que hasta ahora te fuera esquiva, se ha sentado en tu regazo, pero todo eso con una condición, y es que te pido que me cuentes una de estas historias, una vez cada luna.

El Grande entre los Grandes, el Rey de Reyes, el Gran Sharihar, el Fuerte entre los Fuertes, la primera cimitarra del Reino, el Hijo del Gran Vram-Shabuh el conquistador, se había humillado ante la inteligencia del hijo del Hombre, ante el humilde Maestro Sufi, Mullah Nasreddin Hodja.

Martin Jorge Basmajian.

< ![endif]–>

“Los Cuentos de mi abuela”

1 comment for “CUENTO DEL LEON, EL GATO Y EL HOMBRE

  1. Refulgir
    10 marzo, 2011 at 7:16

    Te invito a que participes en refulgir, la revista cósmica.
     
    Podríamos publicar tus creaciones literarias.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


4 × = treinta seis