AUNQUE NO ME CREAS

Quien calla, el silencio lo torna sabio…

Si buscáramos la verdad en lo desconocido nos enfrentaríamos con la mayor de todas las sorpresas: de que tú y yo somos hermanos, aunque seamos diferentes, física, mental y tengamos arraigadas costumbres y educación opuestas; de que somos, de que fuimos o de que hemos de seguir siendo, no me quepan dudas.

Hoy disiento con la moral de ciertos pueblos cuando pude haber pertenecido a los mismos en anteriores existencias.

 

En otras palabras: cualquiera de nuestras actitudes, aun siendo en defensa propia, son posturas erróneas y apuntan negativamente en nuestro haber.

 

No me extrañaría que en otras vidas yo haya sido judío, cristiano, mahometano, budista, ateo, caníbal o adorador del becerro de oro. El hecho de ponerme en contra de algunas de esas creencias basándome en su comportamiento nefasto, sería reconocerme a mí mismo en ellas.

 

Nadie sabe qué cantidad de vidas nos tocó hasta aquí de nuestro recorrido por la existencia, ni a quiénes ocupó nuestra alma.

 

En definitiva, la discriminación y el fanatismo son ridiculeces del hombre de todas las épocas. Acaso también uno de sus pecados mayores, puesto que en la esencia todos somos iguales, aunque con distinta clase de evolución, de conciencia, de sensibilidad y de educación moral. Somos, si se quiere,  partículas vivientes de un Todo. La misma alegría que experimentamos al contactarnos con personas desconocidas, comprueba a las claras de que las mismas han, de alguna manera, pertenecido a nuestro círculo abstracto. Es posible que nos estemos viendo reflejados en ellos; estemos discretamente recreando nuestras virtudes y visualizando nuestros defectos en ellos.

 

Salgamos de una base: no amamos ni odiamos sino a nosotros mismos en los demás. En realidad los terceros no existen; estás tú y yo. Tú eres mi espejo y yo, el tuyo. Nos encadenamos aliándonos unos a otros para que sigamos andando al paso de la providencia.

 

Ser hombre o mujer indistintamente es un simple accidente que no se adquiere por merecimiento. La naturaleza no hace distingos de sexos. Nosotros somos quienes los subastamos, los discriminamos y nos oponemos, obstinadamente, a compartir nuestro “Yo”.

 

Rupén (Raymond) Berberian

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