Artículo de El País 16/06/2011. Por Mario Nalpatian. Consejo Nacional Armenio Mundial

En la información titulada Turquía cambia su política exterior forzada por las revueltas árabes del 13 de junio, se realizan una serie de comentarios e interpretaciones sobre la actual política exterior de Turquía que son materia altamente opinable. Pero hay una en particular que necesita rectificación para acercarnos a la “realidad” y no a las “sensaciones” que hábilmente genera Turquía con su política exterior.

 

 

 

 

El autor de la nota dice (…) “Solo la frontera con Armenia se mantiene aún cerrada a causa de la acusación de genocidio que Ereván lanza por las matanzas y deportaciones masivas de cristianos armenios en la etapa final del Imperio Otomano”.

Es rigurosamente cierto que la frontera entre Armenia y Turquía está cerrada desde 1993, pero la razón no es la esgrimida; la frontera fue cerrada unilateralmente por Turquía, en el transcurso de la guerra del Alto Karabaj y en solidaridad con Azerbaiyán, a quien asistía militar y políticamente. El derecho internacional considera el cierre unilateral de fronteras un acto de agresión que Turquía sostiene a pesar de las distintas resoluciones y exhortaciones de la Unión Europea.

Desde la independencia de la República de Armenia en 1991, Turquía insiste en que, para el establecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países, Armenia debe aceptar tres precondiciones, las cuales intentó en vano introducir en los fallidos Protocolos de Zúrich (octubre de 2009). La primera es que Armenia cese en la búsqueda del reconocimiento internacional del genocidio armenio (1915-23); la segunda es que Armenia reconozca la actual frontera entre ambos países (esa demarcación de límites se hizo en 1921, cuando Armenia había perdido su independencia, en los Tratados de Moscú y Kars en 1921) y la tercera es que Armenia deberá aceptar que la actual República del Alto Karabaj forma parte de la integralidad territorial de Azerbaiyán. Armenia ha rechazado de plano estos condicionamientos.

Turquía solo logrará ser un país confiable y aceptado por toda la comunidad internacional cuando asuma los graves errores de su pasado y genere la confianza suficiente entre sus vecinos y las minorías que habitan su territorio. Hoy no lo es.

 

 

 

 

 

 

 

 

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