Armenia con los ojos de periodista y antropóloga Virginia Mendoza Benavente

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Armenia: el destino es lo de menos

“Y si te llevo por un camino equivocado, es porque tú
así me lo has pedido desde el principio”
Armenia, Henrik Nordbrandt

Las primeras gotas de un ensayo de diluvio humedecen una pequeña aldea armenia. Caminamos con la convicción de llegar a Ambert, una fortaleza levantada en el siglo séptimo. Da igual: caminamos. Suele ocurrir que en Armenia importa menos el destino que el trayecto y la distancia, por corta que sea en un país que los mapas prometen pequeño, siempre deviene eterna. Aquí las indicaciones son contingentes. No es que el extranjero se pierda con frecuencia: a menudo los armenios tampoco saben a dónde irán a parar, pero su optimismo circulatorio les lanza a la aventura. Tampoco es una percepción precipitada. Desde que vivo aquí hay un momento común a todos mis viajes dentro del país que sucede, como mínimo, una vez.

El conductor realiza extrañas paradas. Duran poco. Nadie dice nada. A veces se hacen con la finalidad o la excusa de comprar vino casero si estás en el sur o frutas del bosque si estás en norte. A veces se hacen para nada. Seguimos. El conductor avista una o varias personas. Para de nuevo. Pregunta. Si la suerte deja que los primeros interrogados conozcan el itinerario, el conductor busca un lugar en el que cambia de sentido y deshace camino. Los europeos procedentes de la Europa occidental, que a menudo tienen prisa hasta cuando están de vacaciones, suelen reaccionar con enfados, a veces monumentales, tan absurdos que alguno ha preferido abandonar el vehículo alguna vez. Yo, que en el fondo soy muy armenia, disfruto de estas situaciones y valoro más el lugar anhelado durante tantas horas. Las veces que llego, claro.

Henrik Norbrandt dedicó un poemario a Armenia. Sus versos eran un una declaración de amor a un país olvidado por Occidente y por la Historia. El poeta levantó tres muros: “Uno para que te encuentres con tu sombra/ y otro para que te muestre el camino: el tercero no lo descubrirás/ hasta que llegues”. Y en ese mismo poema hablaba de los caminos equivocados en los que poco importa perderse y que hasta se eligen.

* * *

En la aldea, unos niños que juegan en un parque nos indican el camino a seguir mientras una ternera, a la que empiezan a asomarle los cuernos, me mira fijamente a los ojos, cruza la carretera y se sitúa al inicio de un camino vuelta hacia nosotros. Y lo cierto es que los chavales nos han indicado la misma dirección en la que el animal comienza a caminar cuando cruzamos la carretera.

—La pequeña vaca será nuestra guía. ¡Seguidla! –digo, con una chaqueta vaquera sobre la cabeza.

Uno de los niños nos acompaña hasta una tienda. La ternera se queda a mitad de camino. Al llegar, unos salen a nuestro encuentro; otros observan tras el cristal. Un hombre de pelo blanco, camisa clara y un cigarrillo que parece que no se va a consumir nunca nos dice que deshagamos camino, que no debimos abandonar el que llevábamos. “Tres kilómetros”, dice. Cuando te pierdes en Armenia y preguntas a una persona dónde está el lugar que buscas, en unos segundos has creado una asamblea popular y, cuando te marchas, si te giras, puedes ver cómo todavía discuten para averiguar cuál ha dado la indicación adecuada. No importa cuánto te hayas alejado de ellos ni lo poco que entiendas del idioma armenio: sabes lo que discuten por sus gestos e intuyes la intensidad del parlamento en base al número de cigarrillos que se agitan sobre sus cabezas. Con las mujeres es difícil, porque ellas no fuman en la calle. Fumar al aire libre no es cosa de mujeres decentes en estas latitudes.

Llueve, pero todavía podemos seguir mojándonos durante tres kilómetros. O eso creemos. Empiezo a contar los pasos para no pensar en la lluvia y para olvidar que las distancias a pie siempre resultan más largas de lo que te prometen. Mientras volvemos al camino que habíamos abandonado vemos que la ternera sigue donde se quedó. Nos mira con esa expresión tan bovina: indiferente pero fija. Si las vacas hablasen, ésta diría ahora “ya os lo dije yo, humanos”.

Un matrimonio que se dedica a esperar por turnos

La velocidad de nuestros pasos parece marcar la intensidad de la lluvia. Cascadas cabreadas bajo el puente que pisamos enfatizan la sensación olvidada de que nos estamos empapando y hemos de parar. ¿Dónde? Encontramos uno de esos camiones Lada convertidos en casa, tan comunes en Armenia, y aparece un hombre risueño con los sacrosantos dientes de oro, y otros tantos de menos, que nos ofrece refugio.

Una pequeña estufa con forma de silla infantil en la que hierve el café. Dos camas viejas. Un pantalón negro extendido sobre una de ellas. Baldosas apiladas en un rincón. Paredes uniformes: a veces verde, a veces granate, a veces pedazos de papel con estampados antiguos que parecen arrancados a jirones durante un ataque de cólera. Una cortina de flores descoloridas parcialmente recogida. Una radio antigua estampada de mariposas. Una televisión que emite tonos ochenteros. Ventanas que no dejan ver nada; por las que se intuye un verde y una lluvia que no acaban. No importa la presencia, importa la función. Nada sobra y nada falta. Cuatro metros por dos. Suficiente.

Él

Hushik nos ofrece un café y con sus manos regordetas corta enormes pedazos de queso casero. Dice que no vive aquí, que sólo es su lugar de trabajo y que su casa está en Yereván. Semana sí, semana no, trabaja de manera ininterrumpida. Su trabajo es sencillo: sólo tiene que levantar una barrera para franquear el paso a los coches que quieren llegar a Ambert, principalmente turistas y, como él mismo dice, son más bien pocos. Pero ha de estar alerta día y noche. Su trabajo, en realidad, consiste en esperar.

Nombre: Hushik.

Residencia: la Nada.

Ocupación: esperador.

Jornada laboral: tantas horas como tarda la tierra en girar sobre sí misma siete veces seguidas.

—¿Tiene hijos?
—Tengo tres nietos. Viven en Yereván –dice mostrando tres dedos con orgullo de abuelo. Su expresión me devuelve la forma de entender la vida de Pavel, un invidente molokan que nos acogió en Fioletovo, una de las últimas aldeas de molokans en Armenia. Decía Pavel: “la vida sólo cobra sentido cuando te conviertes en abuelo y bisabuelo”.

En Armenia casi todo es posible, pero tener nietos sin haber tenido hijos antes es algo que todavía no ha ocurrido. Creo. Al final Hushik dice que tiene dos hijos, hombres, porque insisto en que algo no cuadra. Todo ello sin abandonar una sonrisa que le achina sus ojos pequeños y deja al descubierto el oro que le remata las encías.

Ella

Cuando la jornada de una semana sin descanso termina es el turno de su mujer, que esta semana está en Yereván y que el próximo lunes sustituirá a su marido.

—¿Ella sola? ¿Aquí? –pregunto. Y a nadie más extraña.
—¿Y por qué no?

Armenia es un lugar seguro y una abuela caucásica viviendo sola en la montaña, custodiando una valla día y noche, no corre ningún tipo de peligro.

Abandonamos la idea de llegar a Ambert cuando la lluvia aprieta y Hushik nos dice que no faltan tres kilómetros, sino muchos más. La carretera se ha convertido en un torrente que salvamos corriendo en zigzag mientras Hushik permanece en la puerta de su camión-casa-oficina sin dejar de agitar la mano, dando una imagen de triste despedida. Encontrar a Hushik ha sido más interesante de lo que nunca será una fortaleza medieval.

* * *

Mientras decidimos si llamamos a un taxi o esperamos al próximo autobús, nos refugiamos en una pequeña tienda forrada de carteles publicitarios desgastados por el sol en la que un niño de ojos azules y mallas de niña me reta constantemente a jugar a los pájaros tímidos mientras su hermano permanece a su lado, con una serenidad impropia de un niño de unos cuatro años, como si no existiese. Digo cucú porque todavía no sé que aquí se dice chik. Él me entiende y desaparece. Su madre, tan despeinada como triste, hace de escudo y se esfuerza por sonreír cada vez que miro al niño. Es una sonrisa que no ríe. Es como dar las gracias cuando ya no quieres hablar. En la tienda sólo hay galletas de varios tipos, dulces y saladas; café, dos cajas de caramelos casi vacías, unos veinte huevos, leche embotellada o más bien un líquido semitransparente con un poso blanco por el que ya nadie pagaría y un precio escrito: 100 drams. Y tabaco, mucho tabaco. Una tele vieja retransmite un programa distorsionado en blanco y negro. Habla una señora con unas ojeras que buscan el suelo.

Esperamos un taxi.

—Pero somos seis, ¿creéis que el taxista nos aceptará?
—Estamos en Armenia –dice una oriunda.

Llegamos a Yereván en un Mercedes de ventanas negras, algo habitual que me pone un poco nerviosa cuando soy peatón, porque nunca veo la cara de quien está a punto de atropellarme, pero que viene muy bien para disimular este tipo de situaciones en las que una persona acaba tumbada sobre cuatro para completar el tetris humano y que, por otro lado, poco creo que importen a la policía si te pilla con 3.000 drams a mano.

—Y aquí está [el lago] Sevan –dice el taxista, señalando la carretera y relajado en pleno atasco, mientras Yereván se convierte en una piscina de agua embarrada que imita al mar en un país sin playas.

* * *

Creí que al llegar a casa el día ya no tendría nada más que ofrecer. Pero unos nudillos golpean la puerta con insistencia. Al otro lado, un hombre con boina gris, gabardina a juego y bastón, me recibe con lo que bien podría ser un recital poético particular, una maldición o una predicción apocalíptica que vendría a recordar que “estamos en los últimos días”, como aseguraba la pareja de testigos de Jehová que me visitó hace un par de días. Sea lo que sea, lo dice con efusión y acompañado de un tic en el ojo izquierdo mientras afuera el cielo se hace pedazos. Cuando trato de intervenir, me corta en seco, clava el bastón en el suelo, da media vuelta con mucha ceremonia aireando la parte trasera de su gabardina como lo haría una folclórica con bata de cola y, mostrando un cogote de polluelo, se dirige a la siguiente puerta.

Está todo dicho. Sea lo que sea. Ahora la testigo de Jehová a la que nadie escucha soy yo y estoy al otro lado de la puerta. No me deja opción. No le importa lo que piense de su recital o lo que sea su performance. Pero no se ha desnudado. Que es lo que más temo cuando abro la puerta y me recibe alguien con una gabardina.

El cañón de las palomas armenias

Aghavnadzor, a las cuatro de la tarde, parece un pueblo fantasma. Sobre casas derruidas y camionetas Lada abandonadas flota uno de esos silencios que anuncian que algo está a punto de ocurrir. Es comparable a la quietud de las palomas justo antes de lanzarse estrepitosamente contra el aire. Aghavnadzor significa “el cañón de las palomas”; sin embargo, no vemos ni una. Junto a la aldea, un cauce seco cumple la función de vertedero. Vacas escuálidas custodian la entrada y el acceso, sin asfaltar y embarrado, resulta poco practicable para el pie haya olvidado las irregularidades de la naturaleza.

Sobre una camioneta Lada que da fe de una URSS no tan lejana en el tiempo, un chico descarga abono hasta que advierte una presencia extraña, suelta la pala y, tras un salto enérgico, se esconde a un lado de la cabina hasta que nos alejamos y continúa con su trabajo. De la nada, aparece un hombre que camina con la ayuda de un bastón. Gira la cabeza de vez en cuando y nos observa atentamente sin dejar de caminar: conoce el suelo accidentado de memoria y no vacila ni un instante. Su cabeza desaparece tras la puerta de una de las casas, grita unas palabras y parte hacia la próxima vivienda. Quizás sea el mensajero del pueblo; una suerte de periodista local que no necesita más medios que su torpe caminar para avisar a los vecinos de la llegada de gente extraña a la aldea.

Reunión de vecinas y forasteros

Mareta sale a la calle, airea un tejido de colores y se sienta a descansar junto a una alambrada. En su mano reluce un enorme cuchillo. Nunca antes había pedido permiso para fotografiar a alguien con semejante arma en la mano y una chaqueta militar, pero Mareta accede con su mejor sonrisa; se quita el pañuelo de la cabeza, devuelve los mechones más rebeldes a su sitio, da las gracias y ofrece tomar café en su casa. Aparece su vecina Aida, que grita “¡ari, ari!”, mientras me agarra del brazo y tira de mí en dirección a la casa de Mareta. “Ari” (vamos), en esta aldea, tiene el mismo sonido que “ale”. Los gritos de Aida me hacen sentir en casa y me devuelven a algún momento de mi infancia en el que a mi abuela, contagiada de urgencia, gritaba “¡ale, ale!”, en algún lugar de La Mancha.

Al entrar, Mareta y Aida se descalzan y dejan sus pantuflas junto a la puerta, aunque frenan a base de manotazos cariñosos nuestros intentos de deshacernos de las zapatillas. La casa de Mareta es antigua, acogedora, pensada para las visitas y protegida por un ejército de gallinas. Está decorada con peluches de todo tipo, cuya mirada inquieta más que el cuchillo con el que nuestra anfitriona nos ha recibido y se clava sobre mí en el mismo momento en el que una baldosa se tambalea hasta que finalmente me permite seguir en pie.

Aghavni (Paloma), animada por la novedad, deja de limpiar su corral, lleno de ramas, y se une a la improvisada fiesta. Viste una bata aterciopelada de un azul intenso que al sol se convierte en azul eléctrico en contraste con sus guantes verdes, rotos. Aghavni dice que es mi abuela y me colma de abrazos sin soltar mi mano. Me acerca unos pedazos de manzana que yo le ofrezco y que declina explicando, según entiendo por sus gestos, señalando unas encías casi vacías, que no puede morder porque apenas le quedan tres dientes. Tras ella, llega Tamara, hermana de Aida. Como lo último en lo que he pensado ha sido en dentaduras, me fijo en las suyas porque su incansable sonrisa lo hace fácil: ambas llevan dientes de oro.

Mientras Mareta sigue preparando café y nos ofrece fruta, zumo de cereza y caramelos, el resto de sus vecinas tratan de averiguar qué nos ha llevado a Aghavnadzor, quién está casada con quién, quién es hermano de quién e incluso en algún momento se atreven a preguntar si estoy embarazada, asombradas ante el insólito hecho de que a mi edad todavía no tenga hijos ni un potencial padre con el que tenerlos. Si no tengo al menos un hijo sólo queda una posibilidad: he de estar esperándolo. Todo ello mientras una de las hermanas no deja de abrir caramelos que me acerca a la boca con urgencia, en vista de que mis manos están demasiado ocupadas sujetando la taza de café y el plato de la fruta.

Un pueblo para la guerra

Al marcharnos, una estela funeraria coronada por una fuente en la que los niños beben agua llama nuestra atención. 1990-2010. Aghavni, que nos observa desde su corral mientras parte unas ramas, se vuelve a unir a nosotros. A punto de llorar, nos cuenta que el joven al que la fuente rinde homenaje murió en Nagorno-Karabaj, durante los últimos coletazos de una guerra que el mundo da por acabada en un país imaginario que desde el declive de la URSS se disputan Armenia y Azerbaiyán. Es habitual encontrar en Armenia pequeñas fuentes dedicadas a difuntos, especialmente a aquellos que murieron en la guerra de Nagorno-Karabaj. Dicen que el fluir del agua es el reflejo de su memoria: “los familiares de los que murieron en la guerra demuestran así su deseo de recordarles mientras siga brotando agua de la fuente”, me cuenta Anna.

La historia de Aghavnadzor está marcada por las guerras. Si la aldea fue repoblada en 1830 por veintiocho familias de refugiados de la guerra ruso-turca, 300 personas participaron en la II Guerra Mundial, de las cuales 76 nunca regresaron. Se trata de un pueblo que en la actualidad cuenta mil trescientos habitantes, por lo que la cantidad no es desestimable. Cuando estalló la guerra de Nagorno-Karabaj un grupo de jóvenes llamado Alashkert y comandado por Zarzant Danielyan participó en la guerra con Azerbaiyán. Danielyan murió en la batalla de Getashen, en 1991, y la actual escuela de Aghavnadzor lleva su nombre.

Los niños del pueblo no tardan en hacerse eco de la llegada de los forasteros y, tras un misterioso ritual de llamamiento, en pocos minutos ya nos rodean. Cuando advertimos su presencia, disimulan a puñetazos, restregones y alguna caída que culmina en abrazos. Uno de ellos me ofrece su bici e incluso nos lleva a su casa. No nos queda tiempo para aceptar su invitación. Su madre es una de tantas mujeres armenias que comparten nombre con Anahit, diosa de la belleza, de la fecundidad y del agua en la mitología armenia. Si es cierto que la mirada refleja el alma, Anahit ostenta un nombre con méritos propios y ha dejado esta impronta en sus hijos. Tras insistir en que nos quedemos, vuelve a la casa con urgencia, sale a la calle con un plato lleno de pedazos de khachapuri y nos obliga a llevarnos el resto.

Un hombre risueño, que fuma al sol, me llama. Me pide que haga fotos a los niños mientras juegan. Regenta la parte trasera de un camión convertida en tienda en la que vende de todo. Si en Armenia se reutiliza cualquier cosa, especialmente los vehículos, y es habitual ver vallas a base de puertas de coches, en esta zona no extraña que un vagón de tren, un autobús o la parte trasera de un camión Lada terminen convertidos en casas, tiendas o bares. Saben que construir es difícil y, a menudo, inútil.

El lugar que tiembla

Las casas de Aghavnadzor salpican un valle en la provincia de Kotayk, en el centro del país, aunque la aldea comparte nombre con otro pueblo, ubicado en la región de Vayots Dzor, al sur. Conocida como Bababakshi en tiempos de la URSS, Aghavnadzor está protegida por las cadenas montañosas Pambak y Tsaghkunyats y se extiende sobre un terreno de alta actividad sísmica. Es precisamente esta ubicación y las posibilidades de que se produzcan próximos sismos en la zona lo que convierte a la central nuclear de Metzamor, próxima a Aghavnadzor, en una de las más peligrosas del mundo, una planta que ya la URSS cerró durante años.

En la mañana del 7 de diciembre de 1988 un fuerte terremoto sacudió Spitak y agitó gran parte del país arrastrando más de 25.000 vidas. La ciudad de Spitak quedó completamente destruida. Gyumri, Vanadzor y otras muchas ciudades y aldeas del norte se vieron seriamente afectadas. Tal fue la magnitud del terremoto (7.2 grados) que se sintió hasta en Yereván, la capital armenia, y en Tbilisi, la de Georgia. Según la nota de agencia que publicaba El País al día siguiente, la comisión que se formó en Moscú para ayudar a las víctimas era comparable a la que se creó tras la catástrofe de Chernóbil. Aquella mañana de diciembre Mijaíl Gorvachov interrumpió su visita a Estados Unidos para volver a Armenia (que no se independizó de la URSS hasta tres años después) y, ante semejante catástrofe, no tuvo más remedio que pedir ayuda a Estados Unidos en plena guerra fría.

Ya fuera de Aghavnadzor, los niños todavía nos persiguen correteando y gritando por una vieja carretera apenas transitada por alguna vaca que muge con desgana. Por un momento, la cuadrilla desaparece misteriosamente y no queda ni rastro de ellos, salvo alguna risa entrecortada y nerviosa que se escapa por accidente y que en todos los idiomas advierte de un peligro inminente. Pasamos bajo un túnel y me temo que los niños nos esperan con alguna desagradable sorpresa. Salimos a hurtadillas primero, corriendo luego. Pudo ser peor: sólo era agua. Salvamos el agua que nos lanzan entre carcajadas.

Una vez hemos atravesado el túnel, los niños reaparecen y vuelven a seguirnos, quizá más alterados, si cabe, correteando en zigzag, de cuneta a cuneta, por una calzada que a más de uno cuesta un tropiezo. Abandonan el camino para entrar en una casa semiderruida. Uno de ellos demuestra una sorprendente habilidad para saltar elegantemente con traje chaqueta. Una marca de agua que deja el río al salpicar contra un pequeño puente parece marcar la frontera. Los niños se despiden y regresan a la aldea. Silencio.

El secreto armenio tras el último peldaño

¿Qué decir del clima de Seván?
Coñac como divisa de oro guardada
en el cajón secreto del sol de montaña
Ósip Mandelstam

Armenia esconde sus maravillas en las alturas; a menudo, tras una escalera. Aquí la belleza es recompensa y, en invierno, blanca y resbaladiza. El camino desde Yereván hacia el lago Seván, salpicado de jackhras y monasterios resume el sur armenio y explica que Mandelstam recuperase la inspiración tras cuatro años de sequía poética.

Llegamos a la estación de Abovyan en busca de un autobús con destino a Martuni, un lugar próximo al lago Seván. El conductor que nos va a llevar abandona el corrillo de fumadores que se ha formado en el centro de la estación, abre la puerta corredera de su marshutka y no sabemos reaccionar. Los cristales negros del autobús-furgoneta nos habían impedido ver cabeza alguna, pero en esa marshutka no cabe ni un brazo más; sin embargo, bajo su punto de vista, todavía hay sitio para nueve personas. Mujeres, hombres y niños nos miran fijamente desde dentro y nosotros los miramos a ellos. Nuestro aspecto (españolas, italianas, francesas, checa y eslovaco) pasa inadvertido cuando vamos solos por la calle, pero es fácil imaginar que un nutrido grupo de chavales con mochila en el Cáucaso en invierno levanta la misma expectación que cualquier turista al uso. Que todos vivamos en Yereván y hayamos improvisado esta salida después de conocernos hace apenas unas horas es algo que ellos ignoran: nuestro aspecto es de forasteros a los que hay que mirar con la extrañeza del poeta que va a las estaciones a imaginar la vida de los que van y vienen, un asombro universal que en cualquier mirada del mundo refleja la misma pregunta: “¿Qué habrán venido a hacer aquí?”. Y para eso no hace falta ser poeta, sino haber nacido en el lugar al que el otro llega.

En un país que logra escapar a la esclavitud de los relojes nunca sabes cuándo va a llegar el próximo autobús. Incluso en la capital, el proceso por el cual se toma un autobús es simple y no responde a ataduras temporales de ningún tipo: llegar a la parada y esperar. La suerte ocurre o no ocurre y, esta vez, no hay otra marshutka prevista durante las próximas horas que nos lleve a nuestro destino. O perdemos la oportunidad después de llegar hasta aquí o aguantamos el trayecto de setenta kilómetros de pie, doblados, ocupando un espacio que todavía no existe y que tendremos que ganar a base de golpes sutiles. ¿Nos engaña nuestra percepción del espacio? ¿Nos enseña nuestra cultura que ocupamos mucho más de lo que necesitamos? Ese es nuestro silencioso dilema hasta que irrumpe un hombre con una furgoneta vacía, un destino abierto y una dentadura incompleta, coronada por un bigote inquieto que no para de moverse y nos saca de nuestro letargo.

Patverov habla ruso y me mira fijamente a los ojos como si de mí dependiese cerrar un trato que no comprendo. Por suerte tenemos a Michal y su dominio de los idiomas. El hombre nos ofrece llevarnos hasta el lago, pasar el día con nosotros, parar donde queramos y dejarnos en Yereván, todo ello con música. ¡Música! es la única parte del trato que entendemos algunas. Lo dice elevando la voz, enfatiza su exclusividad y por 20.000 drams (unos treinta y siete euros a repartir entre nueve personas) accedemos mientras Patverov sigue gritando: “¡Música, música, música!”.

Pagamos 2.200 drams cada uno y paramos para repostar. Patverov nos pide que bajemos de la marshutka. “Ahora es cuando se va con nuestro dinero y nos deja aquí”, bromeamos, porque suponemos que ni es la forma armenia de proceder ni le compensa, tras darnos su teléfono, que no le llamemos la próxima vez que necesitemos una furgoneta. Para un hombre armenio, sólo su identidad está por encima de su palabra, y aquélla depende en gran medida de ésta. Patverov ya ha cerrado un trato. Aunque no deja de ser curioso que él pueda fumar junto al surtidor y tirar la colillas sin miramiento mientras nosotros tenemos que permanecer alejados. ¿Qué hace fumando con una mano mientras sujeta la manguera con la otra? El extranjero ávido de respuestas tendrá que aprender a contenerse en Armenia y dejar de hacerse preguntas. Aquí las cosas son sencillas: son, están, ocurren. Tratar de ir más allá es hablar a una pared soviética. Tras un lento repostar, Patverov arranca su marshutka, se acerca fingiendo intenciones de atropello y partimos hacia el Parque Nacional de Sevan, disfrutando de la música prometida.

Paramos en Gavar, o Kyavar, como pronuncian los locales. Patverov dice que es el pueblo más antiguo de Armenia, y si la primera mención del país data de hace más de 4.000 años, estamos en un pueblo realmente viejo. En el mercado, unos alegres carniceros exponen carne fresca al aire libre y las fruteras colocan ritualmente la fruta en torno a los hombres del pueblo que pasan la mañana entretenidos con un juego de mesa. Pasamos a un café y nos envían a una habitación apartada, quizá por albergar la mesa más grande. Una señora llega con más tazas de las que hemos pedido y una bandeja empapada por la prisa. Deja las tazas chorreantes sobre la mesa mientras comemos algo de fruta. Pagamos 300 drams por cada café armenio (un café realmente oriental que cada país del Este reivindica como propio) y nos marchamos.

El suelo está cubierto por una capa de hielo asesina. Pasamos con miedo y sigilo para despistar las miradas de los vendedores ante la eventual caída que todos parecemos temer. Una señora extiende una manzana buscando la atención de Michal. Sin tener muy claro si es un detalle desinteresado o una forma amable de ganar clientes, nuestro hombre pregunta si es un regalo para él y la señora asiente con una sonrisa mientras los otros vendedores observan la escena y murmuran un largo “ooooh” al unísono, que en todos los idiomas significa lo mismo.

Cerca del mercado, se eleva la iglesia de la Santa Madre de Dios, junto a la que nos espera un impaciente Patverov, probablemente el único armenio afectado por la curiosa enfermedad de la prisa.

Un ejército de tumbas

Los primeros jachkars salpican un infinito manto de nieve que se funde con el cielo. Es el cementerio de Noratus que, en su parte más antigua, alberga una agrupación de casi ochocientas de estas típicas cruces armenias talladas en piedra (jach: cruz, y kar: piedra), lo que lo convierte en el mayor conjunto de jachkars del mundo después de que Azerbaiyán destruyese el de Jugha entre 1998 y 2005. Tan inmenso es este cementerio que el príncipe armenio Gegham ordenó a su guarnición colocar sus cascos y espadas sobre cada jachkar para simular en la lejanía un imponente ejército que amedrentase al enemigo. Y así fue cómo un ejército de tumbas disfrazadas de soldados hizo huir a los turcos otomanos, dando lugar a una de las escenas más hilarantes de la historia de Armenia.

En el cementerio de Noratus el tiempo pasa por la muerte. Las antiguas cruces, talladas desde el siglo IX dan paso a tumbas más recientes y sofisticadas; enormes sepulcros que son salas de estar al aire libre con mesas y asientos de piedra. El valor del cementerio de Noratus es la visible evolución del arte del jachkhar pero, sobre todo, la forma en la que los diseños en torno a las cruces describen la cultura y la historia armenias. Decía Kapuscinski que estas cruces han sido el símbolo de la existencia del pueblo armenio, que “marcaban las fronteras y, a veces, indicaban el camino”. La victoria, el agradecimiento, la delimitación del territorio y hasta la muerte han sido plasmados en estas cruces desde que Armenia se convirtiese en el primer país cristiano, en el siglo IV.

Además de dibujos del difunto ejerciendo su profesión, algunos jachkhars incluyen el símbolo de la eternidad armenio, una espiral dentro de un círculo que hace referencia al sol y que sustituyó a la hoz y el martillo del escudo nacional después de que Armenia se independizase de la URSS en 1991. Los monumentos fúnebres más elaborados incluyen, además, el tonir (el hueco en el que tradicionalmente se ha cocido el pan), algún khoravatz (típicas brochetas de carne y verdura que preparan los hombres) y el saz (instrumento de cuerda tradicional). En alguna lápida incluso quedan restos de vidrio, ya que, según una antigua tradición, había que romper un cristal como símbolo de la pérdida del miedo, dejar los pedazos en la parte inferior de la tumba y verter agua sobre la parte superior. Tal es la variedad de elementos que guarda este cementerio que en la pared de una de las capillas se inscribió una desgravación fiscal de siete líneas que especifica con todo detalle las condiciones del acuerdo por el que el shana (recaudador de impuestos) y el demetar (jefe de la aldea) quedaban exentos del pago de algunos impuestos.

En el monasterio de Seván (Sevanavank) una pareja acaba de darse el sí, quiero y está a punto de celebrar la fiesta que, como es costumbre, pagará el marido, y, con la que, como es costumbre también, probablemente, su familia contraerá una deuda durante años. Ascendemos por unas escaleras eternas y congeladas que las invitadas han subido con tacones de veinte centímetros. De entre los coches adornados con lazos blancos sale un lustroso perro negro. O la amabilidad armenia es extensible al mundo canino o Armen, como decidimos llamar a nuestro nuevo guía, huele la comida que guardamos en las mochilas y nos acompaña durante todo el trayecto. Le cuelga la lengua desde los primeros escalones, pero poco importa: ha decidido llevarnos al monasterio.

Cuando llegamos a una de las capillas de Sevanavank aparece un joven de ojos escondidos y risueños con una garrafa de cinco litros de coñac y chocolate, extiende unos vasos sobre la mesa (clara muestra de la hospitalidad armenia es que siempre aparece una mesa en algún rincón y alguien dispuesto a llenarla) y nos ofrece el aperitivo con una sonrisa. Es su forma de presentarse. Dice que se está preparando para acceder al ejército, pero está en un monasterio perdido en la montaña esperando conversación y alguien a quien invitar. Con él aparece un hombre que hace las veces de guía turístico de manera improvisada y gratuita. Nos cuenta que bajo el monasterio discurre un pasadizo que permitía a los armenios refugiarse y huir de las invasiones mongolas. La historia de Armenia está plagada de invasiones, de vecinos hostiles que han querido devorar el país, unas veces por motivos religiosos y otras simplemente porque Armenia es al Cáucaso lo que el niño vulnerable de la clase es a sus compañeros.

Todo ello transcurre bajo la atenta mirada de una señora que parece proteger el monasterio y que cambia de puerta a medida que nos desplazamos. Con media cara oculta bajo un pañuelo rojo intenso que le rodea la cabeza, nos cuenta que es viuda y que sus hijos buscan una vida mejor en Suiza. Probablemente guardar las puertas de esa capilla y esperar a los curiosos que se acercan al monasterio es lo más interesante que puede hacer durante el día.

El lago Seván se derrama sobre un paisaje en el que montañas nevadas se mimetizan con las nubes simulando el infinito. Cuando llegamos al punto más elevado del monasterio, el cielo se despeja y nos ofrece uno de los lagos más altos del mundo en todo su esplendor. Aunque la mano del hombre ha sido devastadora a lo largo de los años, a medida que el agua descendía iban apareciendo algunas reliquias de la antigüedad, como los jachkars más arcaicos que un día cubrió el agua donde Mandelstam se reencontró con sus musas. Nunca volvió a dejar de escribir.

Virginia Mendoza Benavente es periodista y antropóloga

Fuente: http://www.fronterad.com/

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