Aniversario del genocidio armenio

En 1915 y 1916, un pueblo europeo y cristiano fue masacrado sistemáticamente por otro pueblo asiático e islámico. Cada 24 de abril se conmemora el aniversario de aquella masacre. En 2005, el gobierno turco declaraba que el genocidio jamás existió y se limitó a aludir a “trágicos acontecimientos”. “Trágico” era, efectivamente, el aniquilamiento de un pueblo, con la muerte de millón y medio de sus miembros y la diáspora del resto. Hoy en la Turquía, avalada por Zapatero para entrar en la UE, denunciar el genocidio armenio constituye un delito penado con prisión.

Armenia, un pueblo europeo

Los armenios son un pueblo indoeuropeo; ellos mismos consideran que su pueblo fue fundado por el patriarca Haík y llaman a su país Hayastán. En el siglo VII a. JC, poblaban las regiones del monte Ararat y del lago Van. Conquistada la zona por los romanos, en el siglo III se convirtieron al cristianismo. Los primeros en convertirse fueron Gregorio “Illuminator” y el Rey Tiridates, que recibieron las aguas bautismales en Capadocia; tras ellos, siguió el resto de su pueblo. Había nacido la Iglesia armenio-gregoriana cuando aún faltaban cincuenta años para la conversión de Constantino. Así pues, le cabe a la Nación Armenia haber sido la primera del mundo en asumir el cristianismo. En el siglo V, los prelados armenios no pudieron acudir al concilio de Calcedonia a causa de la ofensiva que contra su pueblo habían desatado los persas. Este conflicto prefiguraba el drama histórico de Armenia.

Situado en el cruce entre Oriente y Occidente, la tierra armenia es una de esas zonas de interés geopolítico vital para cualquiera que intentara aproximarse a Europa o contener a Asia. Las luchas entre romanos y partos, entre persas y bizantinos, las invasiones árabes del siglo VII y de los turcos en el X, marcaron a fuego a este pueblo y lo trataron con una dureza inusitada. Y, sin embargo, a pesar de todos estos avatares, la cultura armenia, lejos de desaparecer, floreció como ninguna otra en la zona. Sus catedrales e iglesias, aún hoy, son buena muestra de ello.

A lo largo de la Edad Media, Armenia se encontraba presionada entre turcos y bizantinos. En el 885, Rubén Bragatida federó unos cuantos principados menores situados en el Sudeste de Asia Menor fundando el reino de Cilicia. Al tratarse de un reino cristiano, cuando los cruzados iniciaron sus campañas en Tierra Santa, Cilicia supuso una posición avanzada. En 1198, León II, fue consagrado Rey y reconocido por el papa y por el Emperador Enrique II del Sacro Imperio. León II se había comprometido volver a establecer la supremacía del Papa sobre la Iglesia armenia. Los dominicos se establecieron y permanecieron allí hasta el siglo XVIII. Hetún II, uno de los reyes armenios, llegó a hacerse franciscano.

El apogeo de este reino logró mantenerse y prosperar gracias al comercio y a la habilidad de sus gobernantes, pero cuando se hundió el Reino Latino de Jerusalén, Cilicia volvió a encontrarse en una difícil situación. Los mamelucos egipcios terminaron invadiendo el reino y expulsando a los armenios de Cilicia. Por entonces ya se produjo una primera diáspora armenia que llevó a los más brillantes de sus mentes a los Balcanes. Armenia languideció durante tres siglos, hasta que a finales del XVII, David el Sunio, consiguió batir en retirada a los invasores. A su muerte, en 1728, Armenia volvió a afrontar su sino, atacada por turcos, persas y rusos. La mayoría de la población cayó sobre la férula turca, pero también, bolsas de población fueron administradas por el Imperio Ruso. Los turcos, particularmente, sometieron duramente a los armenios y no es raro que en las revueltas terminales que sacudieron al Imperio Turco en 1908, los armenios tomaran partido por los revolucionarios. Pero la resistencia armenia no había caído en la cuenta, de que la nueva élite gobernante –los Jóvenes Turcos- tenían un carácter nacionalista que encajaba mal con el respeto a las minorías nacionales como la armenia. Como todo movimiento nacionalista, los Jóvenes Turcos aspiraban a “homogeneizar” el país y transformar al Imperio en Nación. Este nacionalismo llevó a las masacres de 1915-16.

El tratado de Sevres, en 1920, previó la constitución de un Estado Armenio. Pero turcos y rusos boicotearon este proyecto. El Ejército Soviético, constituido tres años antes, jamás se retiró de la parte conquistada a Turquía en donde se constituyó la República Soviética de Armenia. Algunos voluntarios armenios se unieron a las tropas alemanas en la II Guerra Mundial, no sólo por anticomunismo, sino con la esperanza de que un eventual triunfo alemán permitiría la independencia armenia. Pero la derrota de las armas alemanas hizo que debieran de pasar cincuenta años mas hasta que Armenia fuera independiente, agrupando solamente una parte de su territorio y de su población.

Las dimensiones del genocidio armenio

Se conoce como “genocidio armenio” a la masacre de millón y medio de turcos realizada entre 1915 y 1917 durante el gobierno de los llamados “Jóvenes Turcos”. Ningún gobierno turco en los últimos noventa años, ha admitido que se tratara de un genocidio planificado y llevado a cabo sistemáticamente, sino que, para ellos, se trató “solamente” de un conflicto interétnico localizado, al que se añadieron las epidemias y la hambruna causada por la Primera Guerra Mundial. Desde el punto de vista formal, las cifras son elocuentes y el resultado final fue un genocidio, porque, sobre los dos millones de armenios censados por el Imperio Otomano en 1914, solamente sobrevivieron medio millón.

En esa turbulenta época, el grueso de la población armenia estaba situada en el Este de la Península Anatolia, con una importante comunidad de algo menos de cien mil miembros en la antigua Constantinopla (Estambul). Jamás habían tenido problemas con otras etnias, incluso los otomanos los conocían con el sobrenombre de “Nación Leal” y esto, a pesar de que, jurídicamente, al pertenecer a otra confesión religiosa, se veían lesionados por la ley coránica que les confería un estatuto de inferioridad social y política.

Las reiteradas ofensas a las que fueron sometidos los armenios en la gran crisis del Imperio Otomano durante el siglo XIX, generó la aparición de un movimiento de liberación nacional. Pero si Turquía había concedido la independencia a las provincias balcánicas de su Imperio, no estaba dispuesta a ceder ante los armenios y mucho menos al existir la posibilidad de que un Estado Armenio, inmediatamente, se configurara como aliado de Rusia.

Hamid II, entre 1849 y 1897 realizó las primeras masacres sistemáticas entre los armenios. Se calcula que en ese período fueron asesinados doscientos mil miembros de esa etnia, a la que siguieron otros treinta mil asesinados en 1909. Ya en esa época, nadie lloró por los armenios. Lo peor estaba todavía por llegar.

Un genocidio premeditado

Del 23 al 24 de Abril de 1915 fueron detenidos y asesinados 650 notables de la comunidad armenia en Constantinopla. El perfil era siempre el mismo: personalidades influyentes, mayores de 15 años y susceptibles de configurar la clase dirigente de un futuro Estado Armenio independiente. Quienes no correspondían a este perfil (mujeres, ancianos, niños) fueron deportados al desierto sirio y mesopotámico. El mismo esquema de arresto y asesinato de los líderes y de los hombres mayores de 15 años, así como la deportación del resto de la población -mujeres, ancianos y niños-, hacia los desiertos de Siria, se repitió en todos las localidades armenias.

Por su parte, el gobernador turco de Van, Cevdet bey, azuzó a los nacionalistas turcos para que multiplicaran sus exacciones sobre la población armenia; se trataba, de un plan más ambicioso que el de satisfacer meramente los deseos de venganza de los extremistas; con estos ataques se pretendía provocar a la población armenia para justificar una represión indiscriminada. Entre las tropas turcas servía un curioso personaje con el grado de oficial e instructor. Se trataba de Rafael de Nogales Méndez, mercenario de nacionalidad venezolana, que, al acabar el conflicto, escribió un testimonio titulado “Cuatro años bajo la Media Luna”, en el cual se aportaban datos sobre estas provocaciones y la represión que siguió.

Cuando el ejército ruso penetró en territorio turco en enero de 1915, tras la batalla de Sarikamis, numerosos armenios se integraron en el ejército del general Vorontsov para vengar estas masacres. La mayoría de estos voluntarios pertenecían a formaciones nacionalistas que había acogido favorablemente la promesa del Zar Alejandro II sobre la formación de un Estado Armenio independiente al concluir el conflicto. No es raro que en abril estallara una revuelta pro-rusa en la ciudad de Van y que se cometieran excesos contra los musulmanes. La situación se agravó por que en el curso de 1915, la ciudad fue ocupada sucesivamente por los rusos (mayo), luego por la contraofensiva turca (agosto) y, más tarde, la reconquistaran los rusos (septiembre). Este baile de avances y retiradas prosiguió a lo largo de 1916, pero en 1917, el frente ruso se desmoronó a causa del estallido de la revolución bolchevique. Los turcos se sintieron con fuerzas de contraatacar en la zona del Caspio y llegaron a conquistar Bakú, entonces en poder de los británicos. Sin embargo, la derrota turca en la guerra fue total y solamente en el frente anotolio consiguieron mantener posiciones e incluso avanzar.

Paralelamente a estos vaivenes militares, la situación política se agravó mucho más. Enver Pasha atribuyó la derrota de Sarikamis a la revuelta armenia y ordenó que los reclutas de esa nacionalidad que servían en el ejército turco fueran desarmados e internados en campos de concentración. Al desplomarse el Imperio Otomano, la inmensa mayoría de estos reclutas habían muerto, unos a causa de la guerra, otros debido a la dureza del internamiento, la élite había sido fusilada y los más afortunados fueron incorporados como trabajadores esclavos. Por otra parte, nada más se inició la revuelta de 1915, el gobierno de los “Jóvenes Turcos” deportó a la población que estaba en el territorio por él controlado, al actual desierto Sirio, deteniendo primero y fusilando después a prácticamente toda la clase dirigente e intelectual. En los meses siguientes se alcanzaría la pavorosa cifra de un millón de deportados. Pero lo importante no era la deportación en sí –en el fondo se había producido una revuelta nacional- sino los excesos de los soldados turcos en el traslado y la falta de recursos y condiciones de la zona que debía albergar a los deportados, un verdadera desierto. Pues bien, fue allí donde se instalararon los veinticinco campos de concentración que albergaron a la población armenia.

En Anatolia Oriental y Antioquía, los armenios no se dejaron detener, sino que ofrecieron resistencia. En Musa Daga, la resistencia fue feroz, durante cuarenta días, hasta que los supervivientes fueron rescatados por la marina francesa.

Según las cifras dadas por el Patriarcado Armenio de Constantinopla, de los 2.000.000 de armenios que vivían en el interior del Imperio Otomano en 1912, se pasó a 77.435, en 1927, concentradas especialmente en Estambul y aproximadamente 50.00 en 1993.

El “negacionismo” pro-turco

Existían responsables ideológicos del genocidio; eran los “Jóvenes Turcos” que habían pasado de ser un movimiento liberal partidario de la modernización del país, a un movimiento nacionalista, progresivamente radicalizado y excluyente. El nacionalismo turco, para realizar su proyecto, precisaba liquidar al nacionalismo armenio y eliminar de una y por todas, la posibilidad de secesión.

Aún hoy, no solamente el genocidio armenio es ignorado sino que, además, se intenta borrar todo rastro cultural de este pueblo. Cualquier resto arqueológico es atribuido por el Estado Turco a cualquier otro pueblo, todo, con tal de evitar cualquier dato que pudiera confirmar lo evidente: que hubo un tiempo en el que el pueblo armenio se extendía por Anatolia (mucho antes que los otomanos), el Cáucaso y la Meseta de Armenia.

Resulta curioso que sean tres países los que se niegan a utilizar el término “genocidio” para calificar la masacre sistemática de armenios: uno de ellos es Israel que, al parecer, no quiere competencia en este tema; ellos se consideran las únicas víctimas de los genocidios del siglo XX; ellos y nadie más. Los otros dos países son los que históricamente han formado el eje atlántico o anglosajón, EEUU e Inglaterra, los principales valedores del ingreso de Turquía en la UE. Por el contrario, Alemania, Grecia, Italia, Holanda, Bélgica, Austria, Portugal, Eslovaquia, Suiza, Suecia y Ciudad del Vaticano, han reconocido oficialmente la tragedia. ¿Qué espera el aprendiz de brujo, hacedor de diálogos de civilizaciones y demás lindezas, para unirse a Europa también en este terreno? ¿están los armenios excluidos de tal “diálogo”? ¿Es que no sabe Moratinos que en Erivan el gobierno legítimo del Estado Armenio ha levantado un monumento a este genocidio?

Amigos del Pueblo Armenio – Armenios residentes en España

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