A 76 años de la muerte del “zorzal criollo”: Lo gardeliano existió antes que Carlos Gardel

 

Carlos Gardel

Ricardo San Esteban (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

 

Nuestra cultura fue hija de las relaciones sociales precolombinas en síntesis con el feudalismo español y la piratería inglesa y francesa. Por la acción externa del capitalismo inglés –Inglaterra era, entonces, la nación más desarrollada- los mercados estrechos y aislados de las provincias, merced a la exportación y a los ferrocarriles fueron uniéndose. Los rasgos esclavistas, feudales, mercantilistas y capitalistas se fundieron en un modo de producción pluriestructural, dentro de un territorio unido por la geografía y con una sola salida marítima, Buenos Aires. Ello permitió el desarrollo de un mercado nacional único. Entonces nuestra cultura devino cultura nacional.

 

Por la acción externa también llegaron las ideas revolucionarias de la burguesía francesa, por la misma acción externa se formó el proletariado moderno, organizado en Argentina antes que la propia burguesía nacional.

 

Casi todo vino de afuera pues ni siquiera pusimos la mayoría de la gente. La tierra enorme se hallaba cuasi deshabitada. Una vez lograda la organización nacional, liquidadas las provincias díscolas y los indios, la clase dirigente –la burguesía aristocrática conformada por los ganaderos- impuso una política bifronte: liberal en el discurso y conservadora en la base. Su principal eslogan: “gobernar es poblar” trayendo colonos extranjeros pero en los hechos se trataba de un poblamiento sin ceder la propiedad de la tierra. Sin embargo, en el aspecto cultural la inmigración no sería la determinante del caso argentino, a pesar de todo su aporte, pues –por ejemplo- Estados Unidos también fue una nación de inmigrantes y otro fue su destino. Lo determinante consistió en la existencia de una estructura precapitalista, principalmente en lo que atañe al régimen de tenencia de la tierra, es decir, enormes latifundios, previamente repartidos entre las familias distinguidas. Estos latifundios y la ganadería que los caracterizaba, fueron casi siempre expulsores de mano de obra, en donde el gaucho matrero vivió perseguido, añorando su rancho, su china y su tropilla “tuve tropilla de un pelo yo también como el mejor” entonaba Gardel Toda nuestra cultura estuvo y está, pues, impregnada de lo pastoril.

 

Estos elementos hicieron que el prototipo del argentino fuera el de un inmigrante en su propia tierra, prototipo ayudado por las migraciones internas y por la inmigración externa, un criollo desarraigado o el de un extranjero acriollado, un resultado étnico y cultural todavía en movimiento y que se va sublimando –de una manera dolorosa- a medida que logra construir su identidad.

 

Y entonces ¿quién mejor que Carlos Gardel para personificarlo? En nuestro país todos, alguna manera, nacemos marcados por lo gardeliano como hecho cultural.

 

En una acumulación de rasgos comunes a los argentinos, el ser gardeliano es una mezcla en donde el forastero Juan Sin Tierra quiere afincarse en esta tierra que él cree suya pero que es de otro, y el pícaro Viejo Vizcacha que no distingue muy bien entre lo propio y lo ajeno.

 

Merced a la productividad de las pampas, como señalara Federico Engels, hubo de producirse una especie de salto en la concepción de la agricultura. Debido a ello, En los años veinte teníamos un ingreso per cápita que nos colocaba en el quinto lugar mundial. Ciudades portuarias como Rosario de Santa Fe emergían de la noche a la mañana, calles enteras se llenaban de burdeles -que constituían una cuestión de Estado- madam Safó traía pintores de París para decorar su prostíbulo y el tango nacía en esos bailetines orilleros.

 

Pero aquel slogan somos el granero del mundo no debía enorgullecernos, porque indicaba nuestro destino en la división mundial del trabajo: proveedores de materias primas, nación agroexportadora. El desencuentro del habitante con su patria fue doloroso por la desposesión, la nostalgia y la soledad. No hubo retrato más penoso que el de Calfucurá con uniforme del ejército nacional, o el de Roca (h) ante la reina diciendo que la Argentina era una perla más en la augusta corona.

 

Para esa época el gaucho desapareció, como cantara Rubén Darío, “con su guitarra a la espalda”. El gaucho perdió la partida cuando le alambraron la pampa y debió renunciar hasta de su calzoncillo cribao y su chiripá que se enganchaba en los alambrados de púas (dicen que fue invento argentino) y fue reemplazado por la bombachas fabricadas en Inglaterra y originalmente destinadas a las regiones árabes.

 

Desapareció, pero dejó en Gardel el síndrome solidario, la “gauchada”. Y reencarnó en el orillero que vivió las esencias de una cultura nacida en los latifundios y en las pulperías, se proyectó en el pesebre ciudadano de los conventillos y prostíbulos. Ahí llegaba el gringo que había cobrado su cosecha para reunirse con sus paisanos y cantar, a dúo a veces con los payadores y otras enfrentándose en duelo criollo, emborracharse y buscar el amor tarifado. Porque durante mucho tiempo, esta fue una nación de hombres solos. Y Carlos Gardel reflejó esa falta de mujer que sufre el inmigrante; luego escapó de su casa, viajó por el país, se encontró con la guitarra criolla de don Cristino Tapia y con el folclore nativo. Pero cuando se vistió de gaucho conservó su sombrero canyengue. Es lo argentino, aparentemente confuso, pero eso no quiere decir que no tengamos identidad y por el contrario, ahí nació una mixtura fuerte, decisiva, anárquica, rebelde, que no se ataba a nada.

 

En realidad lo gardeliano tiene dos caras, como la deidad romana Jano. Una de esas caras es la del sobrador, chanta, bailarín compadrito, timbero, cafishio, reo y acomodaticio. Lo sabe todo y cuando tiene un enfrentamiento con otra persona, él siempre es ganador. La otra cara es la del sentimental, generoso, nostálgico, solidario, capaz de enfrentársele a la partida en defensa de un compañero o de jugarse por algo.

 

Discépolo decía que da lo mismo ser derecho que traidor, otorgando esos atributos a distintas personas, pero lo gardeliano tiene un solo código: no debe ser batidor. Protágoras decía que el hombre es la medida de todas las cosas, y el sistema capitalista lo quiere individualista, funcional, socialmente seguro y cómodo para sus fines. Pero el gardeliano rebasa al individuo burgués, porque desde el pasado lo acechan el gaucho malo, el indio perseguido, el latifundio precapitalista con sus relaciones anacrónicas ¿Y desde el futuro?¿Sabe acaso quién lo acecha?

 

Lo gardeliano surgió antes de que Gardel fuera Gardel, junto con la pequeña burguesía de la revolución del '90, que con su boina blanca entraba a la casa Rosada con Yrigoyen y la Madre María, y una clase obrera inmigrante con sus ideas libertarias

 

La oligarquía en un principio había rechazado y prohibido al tango. Pero luego se dio cuenta de su error y lo metió en sus salones. En el año 30 Gardel –tango de Aieta y García Giménez- le cantó al golpe de estado del general Uriburu, fue amigo del mafioso Rugerito y de Barceló (el caudillo de Avellaneda), pero al mismo tiempo entonó “Al Pie de la Santa Cruz”, “Silencio” y otras canciones que podríamos ahora denominar comprometidas o de protesta.

 

Vicente Blasco Ibañez, un escritor español injustamente olvidado y que tuvo mucho que ver con la Argentina, en “Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis” retrató a un argentino viviendo en París, con los amores contrariados y la brillazón del latifundio en sus ojos. Coincidió con la imagen de Gardel en su Jaguar en medio de la niebla y cantando, vestido de frac, “Rubias de New York.”

 

Se pretendía reducirlo a una sola medida, a su total dependencia de una cultura que no nos atañía y de una máquina burocrática gobernada por control remoto desde Londres o Washington. Sin embargo, el populismo oligárquico se fue agotando, junto con el modelo agroexportador y su instrumento político, el Partido Conservador. Se le opuso, entonces, la otra cara del gardelianismo, la de la protesta, la Semana Trágica, la Patagonia Rebelde, La Forestal. Apareció la poesía de González Tuñón, el Pucho Guibourg, el verbo de Aníbal Ponce, José Ingenieros, Alfredo Palacios, y el tremendismo de Simón Radowiski.

 

El proyecto oligárquico pasó a ser sucedido por el peronismo. Si hubo un movimiento político verdaderamente gardeliano, ése fue el peronismo y con él, nuevamente accedió al gobierno la burguesía nacional en alianza con la nueva clase obrera, pero bajo la dirección de aquella bueguesía. Perón decía “pongo el giro a la izquierda y doblo a la derecha” Y Eva Perón con sus “tumultuarios” descamisados con mezclas ideológicas y todo lo puro y sucio de un pueblo-niño que entró a gatear por el mundo sin discernir muy bien entre lo malo y lo bueno. El bloque parlamentario del peronismo se hallaba compuesto por trotzkistas, socialistas, anarquistas, radicales y conservadores. El único que podía disciplinarlos era Perón, un gardeliano de la primera hora.

 

El zorro y las gallinas en un mismo corral. Esto, lo gardeliano, apareció entonces más como crisis de la conciencia nacional que como conciencia de la crisis y significó el cuestionamiento de aquellos valores de la existencia pastoril. Los caudillos conservadores no pudieron subir a los palcos levantados por la clase obrera.

Mucho después aparecería el Che Guevara que representaba la cara revolucionaria de lo gardeliano, se enriquecía con el paso del tiempo y era reflejado en una creciente conciencia popular que una mañana apareció en los rosariazos y cordobazos, porque tenía su costado épico y subversivo que fue el que vio la dictadura cuando lo prohibió. Lo reflejó Rodolfo Walsh en aquella estremecedora carta abierta denunciando “el allanamiento de mi casa del Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos”. El “Proceso” trató de borrarlo a través de poderosos medios técnicos y organizativos de la comunicación de masas. Pero debió recurrir al apagón cultural y declarar con el general Videla que “morirán todos los que sean necesarios” hasta arrojarlos desde los aviones y apropiarse de los bebés para que se educaran en hogares decentes Ya para ese entonces se oía el coro lejano de las Madres de Plaza de Mayo.

 

La dictadura estuvo compuesta por ridículos generales de opereta que sin embargo torturaban y metían bala en serio y pretendían subordinar la voluntad y la conciencia individuales a un proyecto antigardeliano, tratando de matar inclusive cierto individualismo (que hay que rescatar) y que es aquel que resiste la limitación de una sociedad autoritaria que extrema la pérdida de las libertades individuales y colectivas. La dictadura militar prohibió a Gardel por subversivo y su ministro de educación declaró que la universidad era cuna de comunistas por exceso de pensamiento. La posesión de objetos se convirtió en la moneda de pago, por la pérdida de la individualidad y es una situación que perduró. Las mercancías dejaron de ser condición de vida y trabajo para transformarse en una medida ficticia del ser humano, tantos objetos y baratijas tienes, tanto vales. La videocasetera y el auto se hicieron fibra íntima, rasero de la medida de todas las cosas.

 

Y luego vino aquella mancha que fue la de festejar el Mundial del 78. Pero en esta cara el acto más conmovedor quizá consistió en enviar aquel cartel al mundial de Méjico diciendo “perdón Bilardo”. Y si bien la hinchada mexicana se nos había puesto en contra, ello no encajaba con el costado latinoamericano de Carlos Gardel, sino que más bien lo hacía con el costado fanfa, soberbio y agrandado del “otro” gardeliano. De aquel que se puso una vincha y salió a festejar, mientras, Borges se moría en Suiza, Borges, un gardeliano al cubo que transcribía citas de Chesterton que Chesterton jamás escribió y plagió a Berkeley sin confesarlo, escribió un poema enorme como el Poema Conjetural –que refleja la tragedia argentina- saludó en otro poema a la Revolución Rusa y en sus dichos elogió a los milicos golpistas.

 

En cada rama de la ciencia y del arte tuvimos un correspondiente gardel, como es el caso de Mario Bunge, exiliado en Canadá después de la noche de los bastones largos, que es muy talentoso en epistemología pero que desbarra cuando propone que el Rey de España presida una comunidad hispánica en la que entremos todas las naciones hispano hablantes.

 

Es parte de la brillante diáspora argentina -como la define Alain Rouquié- que se destaca en el mundo, pero donde nadie escribe “perdón Pettorutti” o “perdón César Milstein” o le pide perdón a tantos otros exiliados que se destacaron en el mundo. Y como dice un amigo mío, menos mal que se fueron, porque si se quedaban, podían correr la misma suerte que Rodolfo Walsh o René Favaloro.

 

Gardel triunfó en el exterior y recién entonces lo endiosamos aquí, y ocurre lo mismo con cuanto argentino se destaca afuera del país, porque basta que lo ensalcen en cualquier remoto lugar para que se nos infle el pecho y lo reclamemos como nuestro. Y además porque del inmigrante nos quedó aquello de mirar hacia el mar, que es más o menos como mirar hacia otro lado. Es cierto que no miramos hacia adentro, hacia ese gardeliano cartonero, ése que carga la basura y la lleva rápido porque lo desperdicios tienen sus urgencias, y es el individuo que hacía cola en las embajadas para emigrar porque éste era un “no-país”. Optaba por huir en lugar de luchar por poner las cosas en su lugar.

 

Lo gardeliano es portador de un peso muy grande, perteneciente a esta clase media argentina, que accedió al poder una y otra vez, y una y otra vez fue sacada de las pestañas por los militares, por esa conciliación que tan bien reflejó Alfonsín cuando dijo “la casa está en orden”, y había un desastre que ni te cuento. O su premura en fundar la segunda república, cuando todavía estaba infundada la primera y cuando, como decía Fito Páez, “los monitos de los servicios siguen trabajando con total impunidad, esperando el momento para señalar a los nuevos candidatos al fusilamiento”. Al poco tiempo, eran asesinadas su abuela y una tía, los seres más queridos de Fito.

 

De todas formas, el proyecto conservador y golpista había sido derrotado una vez más, pero luego se entreveraría en los partidos políticos populares y sería reavivado, por ejemplo, por Amalita Fortabat bailando el tango en honor de Rockefeller, siendo presidente Alfonsín, acompañada por Marcelo Stubrin (UCR). El abrazo en aquella danza tuvo mucho de simbólico, pues representaba la conciliación de la pequeña burguesía, pero fue como el abrazo del oso (o mejor dicho de la osa) pues al poco tiempo Alfonsín se vería obligado, para utilizar un término gardeliano, a tomarse el buque. Aunque hay que decir que en el fracaso de argentina como nación existía una enorme responsabilidad del bloque dominante aborigen que mostraba y muestra la otra cara, la mafiosa y delincuencial, la más oscura de lo gardeliano.

 

Así vino Menem, un beduino que traicionó a su raza de aquí y de allá, que hacía desalojar a su mujer de la quinta de Olivos y al mismo tiempo se declaraba antidivorcista Y el ministgro de economía Cavallo, un Chicago boy, llorando ante los jubilados y enviando a lavar los platos a los científicos argentinos.. O de la Rúa, boludo como un canasto, cambiando el agua del florero en presencia de su gabinete lívido ante los cacerolazos y la sangrienta represión policial o después de derrocado, achacándole al locutor Tinelli la culpa de su huida. O el Menem trasandino –por su casamiento con la animadora chilena Bolocco- que junto con Angeloz declaraban que había que cuidar las finanzas públicas.

 

Pero se entrevé un límite a esa cara del gardelianismo, por el agotamiento del modelo sociocultural reinante y por el agotamiento, así mismo, del sistema. La crisis es terrible, pero tiene algunas virtudes, como la de constituirse en línea divisoria o separadora de aguas. En Argentina y en toda América Latina asoma la cara buena de lo gardeliano. La que canta con el zorzal criollo que “cuando están secas las pilas de todos los timbres”, es preciso golpear fuerte las manos o usar el aldabón para que lo escuchen a uno.

 

cultural.argenpress.info

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