A 40 años de la Cátedra Armenia en la Universidad Kennedy

Eduardo A. Karsaclián
 
El jueves 10 de noviembre se realizó un acto académico con motivo del 40o. aniversario de la Cátedra Libre Armenia de laUniversidad John F. Kennedy, fundada y dirigida por la Dra. Rosa Majián. Ofrecemos a continuación el texto de la presentación del Lic. Eduardo Karsaclián, profesor de Historia Armenia en la Escuela de Estudios Orientales de la Universidad del Salvador.
 
Participar de este acto académico de homenaje por los 40 años ininterrumpidos de la Cátedra Libre Armenia de la Universidad John Kennedy es un hecho surrealista para la colectividad armenia de Buenos Aires. Sólo la labor constante y continua de la Dra. Rosa Majian pudo lograr un resultado de esta naturaleza. El ámbito cultural y educativo argentino accedió, gracias a esta cátedra, a las notas particulares de la Cultura Armenia, hasta entonces desconocida fuera de la comunidad.
Quiero agradecer a la Dra. Majian su invitación para participar en esta celebración, ocasión que me permite realizar, a su pedido, una breve reseña de los 20 años de la Cátedra de Historia Armenia de la carrera de Estudios Orientales de la Universidad del Salvador.
En una etapa previa a la creación de esta cátedra, Monseñor Clemente Maldjián, a cargo de la Parroquia Armenia Católica de Buenos Aires, era invitado anualmente a dar una conferencia acerca del cristianismo armenio. En 1991, ya retirado monseñor Maldjian, un grupo de–entonces– jóvenes armenios, integrantes del Instituto de Investigación Armenológica, organizamos la visita del R.P. Levón Zekiyán a la Argentina. No citaré aquí su extensísima trayectoria; sólo he de señalar que la visita del padre Zekiyán a EEOO y su entrevista con el R.P. Ismael Quiles, fundador de la Universidad y de la Escuela, fue el punto de partida para la incorporación de los estudios armenios al programa desde mediados de 1992.
Si bien en los dos primeros años se crearon tres materias optativas: Historia, Lengua y Literatura, el esquema del programa era sustancialmente diferente al actual. La reorganización de 1993 llevó a la creación de la materia Historia de la Cultura Armenia, integrada al programa oficial y como materia permanente de la currícula. Las dos líneas del objetivo general dicen así:
"Conocimiento de los hechos fundamentales de la Historia del pueblo armenio, sus características culturales, su religión pre-cristiana y su cristianismo particular". 
Entre las culturas del Cercano Oriente–irania, semítica, hebrea, árabe, mesopotámica– la de Armenia era desconocida. Los poquísimos libros de temática armenia en la biblioteca habían llegado casi de casualidad, mezclados entre la extensa propaganda negacionista enviada regularmente por una embajada hostil. A la distancia, entiendo que la independencia de 1991 y la consiguiente aparición de Armenia en el escenario internacional como un actor completo fueron la contraparte determinante de la decisión de incorporarnos a la carrera.
Tras veinte años de enseñanza, puedo contabilizar más de 150 estudiantes –18 este mismo año– quienes estudiaron los elementos constitutivos de la identidad armenia a través de las notas más salientes de su cultura: el origen étnico, los primeros reinos, la religión pre-cristiana, el desarrollo de su historia, la cristianización, la creación del alfabeto, la literatura, y las vicisitudes políticas y sociales hasta la actualidad. Cada año pregunto a los estudiantes: "¿Qué saben de Armenia?" Las respuestas invariablemente son las mismas: muy poco, la gastronomía, el Genocidio. La mención de Armenia en las materias concernientes a los pueblos y culturas vecinas era mínima, resultado de la ausencia de Armenia en los textos que habitualmente se utilizan.
Estos veinte años de labor ininterrumpida no sólo han sido útiles al estudiantado, pues los docentes también han accedido, con la incorporación de material bibliográfico, al conocimiento de Armenia, su historia y su cultura. La cátedra, a mi cargo exclusivo desde la partida a los Estados Unidos de los profesores Hagop Kouloujián y Vartán Matiossián, ha logrado engrosar las obras sobre Armenia, la mayoría de las veces mendigando, literalmente, a los editores o autores, para así donarlos a la biblioteca. Cada año los estudiantes preparan monografías o traducciones sobre la temática de estudio, obras que así están a disposición de las promociones siguientes, ampliando el material de la cátedra. En más de una ocasión, docentes de las escuelas armenias han colaborado con mis alumnos en sus investigaciones de campo; asimismo lo han hecho miembros de la comunidad, tanto sobrevivientes del Genocidio como emigrados de Armenia o de la Diáspora, dando cuenta de sus experiencias de vida.
No puedo dejar de agradecer a quienes en su momento invité a dar clases magistrales en el curso. Por mencionar a algunos, Monseñor Kissag Mouradian, primado de la Iglesia Armenia; monseñor Néstor Daniel Villa, el R.P. Mesrob Nazarian de la Congregación Mekhitarista, el entonces embajador Vahán Ter Ghevondian, y dos profesores prácticamente regulares, a quienes invito para dar clases puntuales cada año, el profesor Sergio Kniasian y el Arq. Gustavo Engulian. Asimismo, en diferentes oportunidades, asistieron los profesores Vahakn Dadrián y George Bournutián, presentes en el país para el lanzamiento de sus obras, a conversar con los alumnos de toda la carrera.
Cada año organizo una visita a la Catedral San Gregorio, visita que se vuelve una clase sobre la propia Iglesia Armenia, institución viva y presente, testimonio de la supervivencia y perennidad de nuestra cultura milenaria, ocasión propicia no sólo para el estudio de las notas características de la arquitectura o la decoración religiosa, sino también para las notas particulares del cristianismo armenio. San Gregorio, Dertad, Mesrob o Sahak, prohombres citados en las clases, se vuelven así familiares, y son el testimonio palpable de esa perennidad.
Quisiera agregar un dato anecdótico. Al finalizar el primer curso, hace 20 años, se nos ocurrió “festejar” el fin de clases con comida típica armenia en el aula. Los alumnos aportaron bebidas, y compartimos el fin del año universitario. La práctica se repitió al año siguiente, recibiendo la visita de los demás cursos. Esto movió a la dirección de la Escuela a organizar un lunch regular como parte del fin de cursos de toda la carrera, costumbre que se mantiene hasta hoy. Quién sabe, tal vez ésta sea la base de un curso opcional de gastronomía armenia.
Cada año, al finalizar las clases, pregunto a mis alumnos: ¿qué han aprendido de la civilización de Armenia? Las respuestas invariablemente son las mismas: no sabíamos que fuera tan rica, desconocíamos estos elementos, encontramos que Armenia es un puente con Europa, o era realmente el país que faltaba para entender la problemática del Cercano Oriente. No es de extrañar que las clases sean útiles para materias cercanas, a saber, la cultura irania, la árabe, las cruzadas, los mongoles, el cristianismo de los primeros siglos, el imperio bizantino, etc. Confieso que yo mismo acreciento mi acervo de conocimientos, pues la verdadera enseñanza va en ambos sentidos, enriqueciendo tanto al docente como al estudiante.
Pero no todas son rosas. Esta cátedra no ha recibido ayuda comunitaria desde su creación. Desconocimiento, indiferencia, hostilidad e incluso burla no han faltado al enterarse más de un dirigente comunitario local sobre qué se hace en la materia Historia Armenia en la Escuela de Estudios Orientales. Fuerte contraste con otras comunidades armenias, donde las cátedras universitarias son apoyadas por fondos especiales creados por fundaciones o por instituciones centenarias, no sólo con dinero, sino con patrocinio de publicaciones, material bibliográfico, becas, etc. Podemos contabilizar cerca de 20 de ellas en Estados Unidos, casi diez en Francia, por citar las comunidades más pobladas, todas con apoyo local… Triste comparación con la Argentina.
Para finalizar, encuentro especialmente preocupante toparme con un excesivo hincapié en el Genocidio de los armenios. No quiero dar lugar a malos entendidos al respecto: la Diáspora entera es el resultado de la dispersión que el genocidio causó, pero el mismo no es ni puede ser el zócalo de la identidad armenia. El Genocidio forma parte de nuestra vida, pero no puede ser el centro de ella. Año tras año compruebo cómo las notas constitutivas de nuestra cultura son los elementos que desde fuera el observador encuentra únicos e irrepetibles. Especializarnos en el Genocidio no nos volverá más sabios ni más armenios, y más allá de su uso político, sólo podrá permitir que algunos armenios completen la catarsis de un duelo sin fin.
Ha sido el bagaje cultural, nuestras costumbres, nuestra fe y nuestras tradiciones las que permitieron a nuestros mayores volver a empezar sus cercenadas vidas, lejos de la Patria, tras perder absolutamente todo, y poder renacer como Nación. Ésta es la experiencia que debemos transmitir: no ser reconocidos como miembros de un pueblo que sufrió un genocidio, sino más bien como miembros de un pueblo que se sobrepuso a un genocidio. Esta experiencia, esta fuerza subyacente en el colectivo de nuestros mayores nos ha permitido perdurar por siglos, y es su transmisión, en los ámbitos correspondientes, la que garantizará nuestra pervivencia.

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